
El poliedro
Tacho Rufino
De la escasez
El poliedro
Igual que me pasa con el íncubo de no haber acabado la mili, a veces sueño en los fantasmas terribles en los que creía Antonio Vega en Lucha de Gigantes. Uno de ellos es que me comunican que no he acabado la carrera, esa con la que he hecho carrera en la vida, a pesar de mi escasa vocación inicial. Más que en los fantasmas a los que cantó el alma dulce, creo que no se puede amar a lo que no que no se conoce, y, por lo mismo, tampoco tiene sentido despreciar a aquello que se ignora. Recuerdo, como anécdota al caso, una noche de farra en la que a alguien se le ocurrió preguntarme qué era la Economía. Impertinencia la suya, y mayor la mía al responder. Recuerdo también cuando, de adolescentes tardíos, mi primo Jose me solicitó una definición del amor, obteniendo el mismo nivel desatinado en la respuesta, liada cual sandalia de romano. A los físicos, filósofos, geómetras, pintores o poetas les habrá sucedido otro tanto, ¿cómo definir la complejidad en dos frases? Aún me requeman el píloro esos momentos. Un viaje de años –el tiempo lo es– más tarde de tales tertulietas, me gusta decir que la Economía es la ciencia de la escasez, y aun me caben dudas sobre ello.
Sobre escasez y abundancia. No creo que mi compañera de columnas Carmen Oteo sea economista, pero sí fue filósofa y franca en su pieza del martes pasado, y me va a dejar casi resuelto este artículo con una cita de valiente enjundia e intimidad: “Me crie entre la escasez y un poco de despilfarro, entre la supuesta necesidad de lo superfluo y el malabarismo para conseguir no pocas veces lo indispensable. Entre el hoyito con aceite y el restaurante cuando había posibles. Esa esquizofrenia [creo que aquí exageró Carmen] me hizo desarrollar, no ya el sentido de la escasez, sino la conciencia de la ocasión especial, del milagro de la providencia y sufrir la amenaza de la pérdida. Lo normal nunca fue costumbre y eso me hizo pensar que en cualquier momento todo se podía ir al garete, todo. Esa forma de mirar con admiración y miedo a un tiempo la llevo a todos los extremos de la vida. Los museos, los paisajes, los que hoy están y me quieren, mañana pueden no estar. No es un elogio de la pobreza sino del milagro de tener, recibir y a ser posible, entregar a los demás los mayores dones”. ¡Gran párrafo!
Bajando la bola al piso, añadiría yo que “escasez” es una voz algo polisémica, que, en su acepción económica, es madre de la dialéctica entre la oferta y la demanda: normalmente, recursos limitados frente a necesidades ilimitadas (aunque sean superfluas, o sean básicas). La escasez mortifica y mueve el mundo. Una gélida y poco esperanzadora hipótesis, sí; pero, ¿ha sido de otra manera desde lo que narra Kubrick al inicio de 2001. Una odisea en el espacio? O En la Teoría del Cazador de los Leakey: la escasez de quedarse ciertos protohumanos sin árboles los hizo comenzar a comer carne, modificando su capacidad prensil para poder matar grandes animales, a estacazos y con osamentas. Tantas veces, la escasez se polariza cruelmente entre aquellos que la cubren, por una natural propensión al beneficio –no sólo el propio, a la postre–, y quienes simplemente la sufren. (Del Imagine de John Lennon, otro día, ya si eso.)
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