Para los muy cafeteros
Empresas
La industria del café andaluza, con una larga tradición, se aproxima a los 60 millones de euros de facturación en un mercado estable pero con los precios disparatados
Los italianos trajeron a España el café africano en el siglo XVIII y los andaluces trajeron el café americano. El mejor café de América desembarcaba en los puertos de Cádiz y Sevilla procedente de Puerto Rico y lo que hoy es Colombia. Aquí lo tostaban los montañeses, los cántabros. De hecho, a principios del XIX, Cádiz era la capital española del café, con 23 ‘cafeterías’ donde se reunían los liberales para arreglar el país, que falta hacía. En ese origen de comercio colonial está la larga tradición de una industria andaluza que a principios del siglo XX competía en toda la península con el café africano. Hoy ya no es lo que era. Aún así, con una facturación de cerca de 60 millones, las diecisiete ‘tostadoras’ andaluzas aportan a la comunidad más de 300 empleos.
La historia industrial del café en Andalucía pasa necesariamente por una marca emblemática, Saimaza, que hoy pertenece al gigante JDE Peet’s, compartiendo portfolio con Marcilla. La coincidencia de las dos marcas nacionales más conocidas de una bebida de las que se toman 67 millones de tazas al día en España no sólo se encuentra en el mismo paraguas multinacional, sino también en su fundación. Marcilla fue creada por un maestro tostador, Joaquín Marcilla, en Barcelona en 1907. Saimaza nació en Sevilla sólo unos meses después, en 1908, en un pequeño establecimiento abierto por un cántabro de Selaya llamado Joaquín Sainz de la Maza. Veinte años después ya era el tercer importador de café de España y Marcilla el cuarto, siempre ambos a la sombra de la suiza Nestlé. A finales de los 70 ambas marcas invirtieron en grandes plantas tostadoras, Saimaza en Dos Hermanas y Marcilla en Mollet del Vallés. Y en los 80 las marcas fueron compradas por capital extranjero, los holandeses Douwe Egberts (luego JDE) Marcilla y los americanos General Foods Saimaza. Esta historia en paralelo resume cómo se zanjó el capital en las grandes ligas de un país que es el segundo productor de Europa en café soluble y el tercero en café tostado.
Ahora, Keuring Dr. Peeper, los dueños del refresco Seven Up, prepara 18.000 millones de dólares para hacerse con JDE Peet’s, que renquea porque los exorbitados precios del café disparan los costes. Pero Seven UP (para entendernos) sabe que tiene una baza: el café es un producto inelástico. Sus consumidores lo consumen sí o sí. No tiene sustituto. Poco se habla de que hace un año el café se pagaba a 1,50 y ahora cuesta entre 1,80 o 1,90. Son céntimos, pero es una de las mayores subidas de la cesta de la compra. Entre 2021 y 2025 el paquete de café molido ha subido un 136%. Junto a los huevos es el mayor producto inflacionista. Pero la gente no ha dejado de tomar café.
Los dos joaquines visionarios del producto inelástico, Sainz de la Maza y Marcilla, se maravillarían de dónde habían terminado los apellidos con los que abrieron en los primeros años del siglo XX sus cafetines en Sevilla -todavía con el azulejo del tostadero en la calle Goyeneta - y Barcelona. Y lo harían más si supieran que detrás del tal Peet está el arranque de una cadena de cafeterías de presencia mundial con una clientela chic que está dispuesta a pagar cinco euros por un café: Starbuck’s. Pero eso es otra historia.
Catunambú
Junto a estos grandes nombres hay otros que también han hecho historia del café desde el sur. En el verano de 2014 la fábrica de Saimaza de Dos Hermanas fue vendida por su propietaria de entonces, Mondelez, los de las galletas Oreo y el Toblerone, al que había sido el gran competidor sevillano de los Sainz de la Maza, Catunambú. Mondelez decidió trasladar la producción a Adenzeno, en Italia, para centrarse en la fabricación del café de monodosis compatibles con las cafeteras Nesspresso, que empezaban a hacer furor.
La deslocalización dejó a 45 trabajadores en la calle. Que Catunambú se quedara con la joya de la corona de Saimaza tenía algo de justicia poética, ya que el fundador, un hijo de indianos llamado Juan Ferrer nacido en Colombia que eligió Sevilla para poner en marcha su tostadero, se había instalado en la ciudad once años antes que Joaquín Sainz de la Maza, en 1897, aunque no alcanzaría nunca los niveles de importación de su rival.
El nombre que le dio a su café, que abrió en el centro de la ciudad en 1910, fue el de una tribu indígena dedicada a su cultivo, pero sobre todo lo escogió por el toque exótico. El hecho es que entre unos y otros la Sevilla de principios de siglo disfrutaba de un aroma típico a café recién tostado.
Al contrario que Saimaza, Catunambú nunca se dedicó a la exportación y mantuvo durante décadas la composición familiar del accionariado, con lo que ya ha alcanzado la quinta generación, pero desde hace más de veinte años, en 2003, algo empezó a cambiar. Lo cuenta el bisnieto de Juan Ferrer, Jaime Borras, para una publicación del Banco de Santander, firma con la que Catunambú ha firmado el suministro de sus work café: “Recibimos un correo de un noruego que se había tomado uno de nuestros cafés en Sevilla y le gustó tanto la experiencia que nos pidió que le mandásemos nuestro producto para su cafetería de Oslo. Hicimos varios envíos, hasta que decidí coger un avión, presentarme allí y comenzar esta aventura que nos ha llevado a exportar en 32 países”.
Ese ataque de internacionalismo les hizo cambiarse el nombre corporativo por Global Coffee, aunque para la distribución de la marca Catunambú crearon la sociedad Andaluza de Cafés, más cercana, y también se animaron a expandirse, creando una alianza con Rocca Exprés, otra empresa sevillana dedicada a la fabricación de cafeteras. Con esta estrategia se han conseguido colocar en el top diez del ranking de empresas españolas dedicadas a la fabricación de café.
Por un despido
La historia de la segunda cafetera andaluza, que comercializa las marcas AB e Insignia, es curiosa porque es el fruto de un despido y de la especulación. Dentro de la tradición tostadora de Sevilla, existía desde 1929 en la Puerta de la Carne una tostadora conocida por su café Trueba. Sesenta años después los propietarios de la fábrica recibieron una irrechazable oferta por los terrenos para hacer pisos y abandonaron la actividad despidiendo a todos los trabajadores, entre ellos a Andrés Bermúdez, que llevaba trabajando con ellos el tostador 37 años. A Bermúdez le ofrecieron vender la maquinaria y quedarse con una comisión. Con eso y un crédito montó en Alcalá de Guadaira su propia fábrica y su propia empresa, Sevillana de Café, que cuenta con 35 trabajadores y tuesta 250 toneladas de café al año.
Sevillana de Café, como todas las demás, es una empresa familiar de tamaño medio que ahora lidia con un galimatías burocrático europeo que prohíbe la importación de cultivos que generen desforestación, lo que, naturalmente, está muy bien, pero para entenderlo hay que acudir a un experto que sepa si se desforesta o no se desforesta. Te cobra por saberlo. El nuevo reglamento se llama EUDR, que entró en vigor en 2023 (junio de 2025 para las pymes), y hay tutoriales para no transgredirlo. Así, de primeras, es complicado.
Pero sigamos con las historias. Cafés Sol y Crema nos traslada a Motril y su fundador, Damián Carmona, tiene buenos padrinos. El periodista de la COPE, Carlos Herrera, decía de él que era “el Juan Valdez español”. Juan Valdez fue un invento de una empresa de marketing norteamericana, DDB, y su cliente era la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia. Uno de los mayores éxitos de las grandes escuelas publicitarias de Estados Unidos que nos hizo creer que casi todo el café proviene de Colombia, cuando en realidad de donde nos llega la mayor parte del café que tomamos es de Vietnam.
Juan Valdez no existió, pero Damián Carmona sí y tampoco iba tan descaminado Herrera. Carmona se pateó los cultivos de media América para tostar los granos meticulosamente escogidos por él en la costa tropical española. Sol y Crema juega en el campo de los paladares exquisitos. Damián Carmona, que tiene hasta una estatua en Motril, empezó en 1970 y ahora el negocio es de sus hijas. “Fue un innovador, buscaba siempre la excelencia y la exquisitez. Era autodidacta, trabajador incansable, constante, honesto, comprometido, inquieto intelectualmente y sobre todo le movía siempre la ilusión”, dicen ellas.
Cofesa, en Almería, es un tostador que se remonta a los años 40. Su fundador es José Díaz Martínez, el creador del Blend Díaz, aunque no creo que en los años 40 se hablara del blend. En la tercera generaciónestán instalados en el café gourmet, que es el espacio en el que permiten moverse las grandes multinacionales a las empresas medianas. No es lo industrial, es lo artesanal. La imagen de la marca es una auténtica mestiza americana con un pañuelo de lunares enrollado en la cabeza, un collar de grandes perlas al cuello y de grandes labios. Evoca Caribe y lo hace con gracia. En Almería Cafesa está muy presente, lo que tiene mérito porque en gran medida trabajan con envíos a domicilio, casi todo cápsulas, que no estén por debajo de los 50 euros.
Especialmente poética es la historia del Café Mis Nietos, con origen en Córdoba. No es que sea muy diferente a las demás: un tostador que dice que hace un café artesanal como no los hay, pero que los promociona con una imagen, como dice la marca, de sus nietos. La nieta va disfrazada de pèrsa y el nieto de pierrot. La foto debe de ser como de 1870.
La familia Herrera, compuesta por los que deben de ser bisnietos del original creador de la marca, han mostrado una singular fidelidad a las ideas del ancestral pariente y el hecho es que sigue funcionando. Es verdad que su historia es un poco más complicada porque antes de la guerra civil ellos traen café de América y, después de ella, se quedan sin licencias de importación y tienen que traer el café de Guinea, pero sobreviven.
“Hemos pasado de envasar paquetes de 5, 10 y 25 gramos de forma manual en 1922, paquetes que se apretaban con el dedo índice, a utilizar envasadoras pesadoras automáticas que utilizan los mejores componentes y los más respetuosos con el medio ambiente en el envase para la conservación del café”, dicen con una desarmante humildad hilando sus orígenes con el presente.
Pero si hay que hablar de un emprendedor de nuestro tiempo en el universo cafetero ése es, sin duda, el granadino Manuel Mateos, el primero en lanzarse a plantar cafetos en la Europa continental. En la finca familiar de La Herradura, en la costa tropical, su familia ya se había atrevido, precisamente, con los cultivos tropicales. Pero fue Manuel el primero en atreverse con el café, que hasta ahora en España sólo se cultivaba en Canarias.
Formado como barista y sumiller del café, montó una cafetería selecta en Almuñecar y una cosa llevó a la otra para convertirse también en el productor de su propio café. Él mismo ha confesado que su proyecto tiene mucho de romántico, “que nadie se anime a hacer lo mismo buscando rentabilidad económica”. Quien quiera conocer el milagro puede hacerlo. Manuel Mateos ofrece visitas guiadas al cafetal más al norte del mundo. No hay que irse a Colombia, ni siquiera a Vietnam, sólo a Almuñécar.
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