La erosión avanza en el olivar andaluz: un mapa de la Universidad de Córdoba detecta 475 cárcavas en la Cuenca del Guadalquivir
La pérdida de suelo por las hendiduras causadas por el agua puede alcanzar los cinco centímetros al año, causando importantes daños económicos y ambientales
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A lo largo de la Cuenca del Guadalquivir, una red de cárcavas de miles de kilómetros de longitud amenaza el futuro de los cultivos ante la pérdida de suelo fértil. El conjunto de grandes zanjas provocadas por la acción del agua que se distribuye por todos los paisajes agrícolas afecta especialmente al olivar de campiña, donde se detectan hasta 40 metros cuadrados por hectárea. Esa erosión del terreno tiene consecuencias a largo plazo, con la pérdida de suelo fértil y la fragmentación de las parcelas, dificultando el paso de la maquinaria agrícola y generando importantes daños económicos y productivos. Un mapa elaborado por la Universidad de Córdoba (UCO) ha cuantificado ahora su presencia en el olivar andaluz, donde se han detectado 475 cárcavas en solo 25 kilómetros cuadrados.
El efecto de las sucesivas borrascas que han arrasado el campo durante las últimas semanas ha vuelto a poner de manifiesto el precario estado de conservación de buena parte de la superficie agrícola. El 40% del suelo agrícola andaluz presenta pérdidas alarmantes superiores a 50 toneladas por hectárea y año, remarca la UCO, cuando el límite de 12 t/ha año se considera un umbral preocupante, especialmente en la campiña y en cultivos de olivar y cereal. El problema no es solo andaluz: se calcula que un 32% de los suelos agrícolas europeos presentan problemas de erosión.
En el caso de la erosión por cárcavas, las pérdidas son más graves, pudiendo alcanzar hasta 590 toneladas por hectárea según estudios previos del Grupo de Hidrología e Hidráulica Agrícola de la UCO, lo que supone la pérdida de hasta 5 centímetros de suelo en un solo año. En esas circunstancias, la intensidad y persistencia de la lluvia caída durante semanas en Andalucía ha favorecido el arrastre de tierra, incrementando el riesgo de formación y reactivación de cárcavas, grandes zanjas o surcos profundos abiertos por la fuerza del agua.
Además de la pérdida de suelo fértil y los daños económicos y productivos, según distintas investigaciones, las cárcavas aportan hasta el 83 % de los sedimentos que llegan a las zonas bajas de las cuencas hidrográficas mediterráneas, un proceso que acelera la colmatación de los embalses, reduce progresivamente su volumen de almacenamiento y agrava el riesgo de inundaciones en episodios de lluvias intensas como los registrados en las últimas semanas, al perder su capacidad de laminación.
Proyecto Carcava
Ante esta situación, la Universidad de Córdoba inició el proyecto Carcava con financiación autonómica, que ha permitido cartografiar una red de zanjas de más de 8.400 kilómetros de longitud en los principales paisajes agrícolas de la Cuenca del Guadalquivir, una de las zonas más representativas del campo andaluz.
El grupo de Hidrología e Hidráulica Agrícola de la Universidad de Córdoba ha analizado a través de ortofotos (imágenes aéreas) 25 kilómetros de suelo agrícola en una serie temporal que abarca el periodo entre 2008 y 2019. Y esto ha permitido elaborar un mapa de las cárcavas en el olivar andaluz, gracias a un nuevo modelo que permite predecir mejor su aparición y conocer su actividad a lo largo del tiempo.
“Hemos superado las limitaciones generando un modelo a nivel regional que introduce más variables relacionadas con esos procesos como, por ejemplo, el contenido de arcilla, la pendiente o la precipitación”, explica Paula González, autora del trabajo junto a los investigadores Adolfo Peña y Tom Vanwalleghem. “Además, no sólo se han identificado las zonas donde comienza este tipo de erosión sino también la actividad de las cárcavas, dividiéndolas en 3 categorías: estables, de reciente formación y activas”, continúa la investigadora. Aplicando este modelo a esa serie temporal se identificaron 475 cabeceras de cárcavas divididas según su actividad: 261 activas, 76 de reciente formación y 138 estables.
“Tuvimos en cuenta también los cuatro tipos de paisajes principales en olivar: campiñas alomadas, pie de monte, serranía y valle. Los olivares de campiña fue donde más densidad y actividad de cárcavas se encontró”, señala Adolfo Peña.
Un modelo que no falla
Este trabajo se ha basado en el Índice de Iniciación de Cárcavas (GHI), desarrollado por la Universidad de Leuven (Bélgica) en 2025 y que sólo se había aplicado en Etiopía. Este equipo de la Universidad de Córdoba aplica este índice que integra la pendiente, el área de drenaje, la precipitación, el tipo de suelo y el contenido de arcilla para predecir la formación de las cabeceras de cárcavas, por primera vez, en olivares andaluces, demostrando un alto poder predictivo.
El acierto del modelo (área bajo la curva en términos científicos) fue de 0,93 a la hora de diferenciar zonas con cárcavas y sin ellas. Teniendo en cuenta que mientras más cercano al 1 más certero es, este modelo se presenta como una herramienta prometedora a la hora de gestionar y prevenir la erosión de los suelos del olivar andaluz, superando al índice previamente usado (umbral topográfico) que identificaba las cárcavas sólo a nivel local y con un 0,64 de acierto.
Necesarias medidas de conservación
Desde el proyecto Carcava, origen de estos estudios, se insiste en la necesidad de incorporar medidas de conservación del suelo, como cubiertas vegetales, un manejo adecuado del agua y una planificación agronómica adaptada al territorio, para reducir el impacto de estos episodios extremos. “La erosión no siempre se ve desde la carretera, pero condiciona el futuro del campo y de quienes viven de él”, advierten los investigadores.
La aparición de pequeños regueros, de apenas unos centímetros, ya es una señal de alarma: intervenir a tiempo puede evitar que se conviertan en cárcavas profundas, o hasta barrancos, imposibles de controlar. La agricultura de conservación, la siembra directa o la agricultura regenerativa, entre otras prácticas, no deberían ser una moda ni una imposición, sino un seguro de vida para nuestros suelos, remarcan.
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