Análisis
Gumersindo Ruiz
El inmenso poder de los bancos centrales
La única persona capaz de echar un pulso al presidente de los Estados Unidos y ganarlo es el presidente de la Reserva Federal; no es extraño, pues influye directamente en los mercados de capitales con el tipo de interés a corto plazo y la compraventa de deuda pública y privada, e indirectamente en las acciones y el tipo de cambio, y no sólo con sus decisiones, sino simplemente dando una indicación. Por eso hay tanta expectación sobre Kewin Warsh, pues una aproximación superficial nos dice que el presidente de Estados Unidos lo nomina porque muestra inclinación a bajar sustancialmente el tipo del interés, frente a Jerome Powell, cuya reticencia le ha hecho sufrir la ira y persecución del Presidente. Pero la cuestión no es tan simple, y para descifrarla es imprescindible ir al documento publicado en agosto de 2017 por el Banco de Pagos de Basilea (BIS) titulado: “Temas de largo plazo para los bancos centrales”, cuyos coautores son el propio Warsh y el entonces director del BIS Jaime Caruana, gobernador que fue del Banco de España. Precisamente en febrero de ese mismo año, en unas jornadas organizadas por la Fundación Cañada Blanch en las que participé como ponente, Caruana dio una conferencia sobre bancos centrales, que es una de las síntesis más completas que conozco de los orígenes de la crisis financiera, la intervención sin precedentes salvo en caso de guerras de los bancos centrales, y el camino hacia la normalización de la política monetaria.
Aunque Warsh ha hablado del tema recientemente, donde está su pensamiento plasmado con precisión es en el artículo mencionado, sosteniendo que “aquellos como yo que creen en la promesa y propósito de bancos centrales independientes, debemos sin embargo romper la conformidad y considerar un nuevo paradigma de política monetaria”. Su experiencia era variada, en banca, un papel muy activo como joven miembro de la Reserva Federal, y luego en la Hoover Institution de Stanford, centro reconocido más por sus posiciones conservadoras que por la investigación académica, por eso Warsh se esmeró en perfilar su opinión en el ámbito del BIS, ante expertos del mayor nivel en política monetaria, tratando tres grandes temas de los bancos centrales. Uno, que el instrumento de subir tipos de interés para hacer frente a la inflación no deja de ser algo burdo, cuestión difícil de rebatir, después de lo que hemos sufrido en España con tipos de interés demasiado bajos que llevaron a la crisis financiera e inmobiliaria, y demasiado altos hace tres años, que estuvieron a punto de quebrar el crecimiento de la economía. En segundo lugar, que no es más afortunado el mecanismo con que operan, siguiendo discrecionalmente la evolución de datos económicos diversos, no sólo de inflación, para tomar sus decisiones. De estas dos ideas Warsh concluye que las actuaciones de los bancos centrales tienen un punto de arbitrario, y por tanto igual podrían ser ahora los tipos más bajos sin afectar a la inflación, que depende de otras cuestiones como -aunque esto, claro, no lo menciona- de los aranceles.
El tercer tema es sobre las inmensas cantidades de deuda pública y privada que compra el banco central desde 2010, y que en la actualidad supone unos 6,5 millones de millones de dólares, de los que 2,2 en títulos con soporte de hipotecas; el BCE tiene una cantidad similar principalmente en deuda pública de los países del Euro. El argumento de Warsh sobre este asunto es peculiar, pues sostiene que esta demanda de deuda por parte de los bancos centrales contribuye de hecho a mantener bajos los tipos, sube los precios de bonos y acciones, y enriquece a los tenedores de activos financieros frente a los que no tienen capacidad inversora; este impacto de la política monetaria sobre la desigualdad en la distribución de la riqueza lo conocemos bien en Andalucía por los trabajos impulsados por el profesor Salvador Pérez Moreno y otros desde la Universidad de Málaga. Para Warsh la intervención de los bancos centrales en la política pública es inaceptable, y cita a economistas como Luigi Zingales -que combinan prestigio académico, recibió en su día el premio de la Fundación Germán Bernácer para jóvenes economistas europeos, con posiciones no tan claras sobre la reforma del capitalismo-, diciendo (por la Reserva Federal) : “El sistema que asigna las finanzas asigna también poder y rentas, y así, el potencial abuso en el sistema financiero es grande”. Y añade Warsh: “Un gobierno hinchado, colaborando con los grandes negocios, es antitético a la historia del capitalismo estilo América”. ¿Mantendrá esto ante el presidente que lo nomina, y que ha sustituido la colaboración con los grandes bancos por la de los grandes negocios de las tecnológicas, que entran también en las finanzas? Desde luego se abren muchos interrogantes, como su actitud ante las criptomonedas, que patrocina el presidente de Estados Unidos, y que al invertir en deuda pública para dar rentabilidad a sus tenedores, complica la ya de por sí difícil gestión de bonos de Tesoro que sufren las consecuencias de un déficit público incontrolable. Así pues, Warsh tiene que mostrar que mantiene su criterio de independencia, aunque coincida con el presidente norteamericano en bajar más los tipos, al tiempo que considera qué hace con los títulos que tiene la Reserva Federal en balance, pues si reduce aceleradamente lo que es financieramente un “estado hinchado” subirán los tipos, o hará una reducción pausada para no afectar al mercado de deuda. Por el momento los mercados mantienen cautela, y la deuda a diez años no baja de tipos, marcando 4,27% cuando esto se escribe, mientras 2,86% paga la alemana, y 3,23% la española. Lo que sí es cierto es que, de una forma u otra, oiremos hablar de Kewin Warsh, y no sólo por su nueva responsabilidad, pues al estar casado con la empresaria Jane Lauder, nieta de la propietaria, y heredera del imperio Lauder, se une así a presidentes de la Reserva Federal que tuvieron una proyección pública adicional por matrimonio, como el glamoroso Alan Greenspan con los medios de comunicación, o Janet Yellen, con el mundo académico, por sí misma, y por estar casada con un premio Nobel de Economía. “No luches contra la Reserva Federal” es un dicho acuñado en los mercados, cuya no observancia se suele pagar cara, y cualesquiera que sean las circunstancias, quien ahora va a ocupar la presidencia de la institución sabe muy bien el poder que tiene en las manos.
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