La banca ante el fin del viento de cola

El consejero delegado del Santander, Héctor Grisi, y la presidenta, Ana Botín
El consejero delegado del Santander, Héctor Grisi, y la presidenta, Ana Botín / Gandul / Efe

21 de febrero 2026 - 06:30

El sistema financiero afronta este ejercicio desde una posición que, paradójicamente, es sólida y frágil al mismo tiempo. Sólida porque la rentabilidad ha regresado, los niveles de capital son más elevados y no existen tensiones sistémicas comparables a las de crisis anteriores. Frágil porque ese buen desempeño ha estado muy apoyado en un factor extraordinario –la brusca subida de tipos de interés– que ahora, con las rebajas, deja de actuar como viento de cola. El verdadero examen empieza ahora. Estados Unidos y Europa transitan hacia una fase de normalización de tipos de interés, que serán cercanos a cero o ligeramente positivos en términos reales (una vez descontada la inflación), pero previsiblemente significativamente más bajos que en el máximo del ciclo. Eso implica que el margen de intereses, principal motor de beneficios en 2024 y 2025, tenderá a estabilizarse o incluso a comprimirse ligeramente. La rentabilidad dejará de depender de la inercia monetaria y volverá a depender de la estrategia. En Estados Unidos, la banca parte con ventaja estructural. Opera en un mercado integrado, con mayor escala y diversificación de ingresos. Aunque los márgenes puedan moderarse, la combinación de comisiones, banca de inversión, gestión de activos y servicios digitales ofrece colchones adicionales. Sin embargo, también allí emergen riesgos como son las exposiciones al segmento inmobiliario comercial, la sensibilidad a movimientos de tipos y la creciente competencia en pagos y crédito al consumo por parte de plataformas tecnológicas. Europa presenta un diagnóstico distinto. La mejora de resultados ha sido notable, pero la brecha estructural frente a EEUU persiste. La fragmentación del mercado, la unión bancaria incompleta y la superposición regulatoria limitan economías de escala y capacidad competitiva. El debate sobre simplificación normativa ha ganado fuerza, pero los avances son lentos. Mientras tanto, la banca europea debe competir globalmente con menor rentabilidad estructural y mayores costes de cumplimiento.

A escala global, además, el ecosistema financiero es hoy más complejo que hace una década. La intermediación no bancaria –fondos de crédito privado, capital riesgo, vehículos estructurados– ha ganado peso. Esta “banca en la sombra” diversifica fuentes de financiación, pero también puede amplificar episodios de tensión si se combinan activos ilíquidos con financiación a corto plazo. El riesgo sistémico ya no se concentra exclusivamente en los balances bancarios. Otro desafío transversal es tecnológico. La inteligencia artificial ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en herramienta operativa. Su aplicación en detección de fraude, gestión de riesgos o automatización de procesos promete ganancias de productividad relevantes. Pero también introduce nuevos riesgos como la dependencia de proveedores tecnológicos, vulnerabilidades cibernéticas y desafíos de gobernanza de modelos. La cuestión no es invertir más en tecnología, sino ejecutarla mejor.

En este contexto global, la banca española destaca por una posición comparativamente favorable dentro de Europa. Ha alcanzado niveles de rentabilidad superiores a la media de la zona euro, mantiene ratios de capital sólidos y ha avanzado de forma temprana en digitalización. La elevada proporción de crédito a tipo variable permitió trasladar con rapidez el alza de tipos al margen financiero, impulsando resultados. Sin embargo, 2026 marca el inicio de una transición. La moderación de tipos reducirá el impulso automático del margen de intereses. El crédito crece, pero de forma prudente y selectiva. Los niveles de morosidad siguen contenidos, aunque es razonable esperar una normalización gradual del coste del riesgo desde mínimos históricos. El reto ya no es recuperar rentabilidad, sino sostenerla sin depender del ciclo. El entorno competitivo, además, es más exigente. Las fintech y las grandes tecnológicas no necesitan convertirse en bancos para erosionar segmentos de negocio rentables. Pagos, financiación al consumo o servicios financieros integrados en plataformas digitales son ámbitos donde la competencia se intensifica. La respuesta no pasa solo por defender cuota, sino por rediseñar propuestas de valor. En España, la consolidación doméstica ha avanzado de forma significativa en la última década, por lo que el margen para grandes fusiones nacionales es limitado. Las operaciones transfronterizas, por su parte, siguen encontrando obstáculos regulatorios y políticos en Europa. Por ello, la estrategia más realista para las entidades españolas pasa por profundizar en eficiencia, diversificar ingresos y aprovechar su presencia internacional como amortiguador cíclico.

El gran riesgo para la banca en 2026 no es una crisis inmediata, sino la complacencia. Los buenos resultados recientes pueden inducir a pensar que el sector ha superado definitivamente sus vulnerabilidades. Pero el entorno ha cambiado: menor crecimiento potencial en Europa, elevada deuda pública, tensiones geopolíticas persistentes y transformación tecnológica acelerada. La banca global deberá demostrar que puede generar rentabilidad sostenible sin depender de condiciones excepcionales. La europea, que puede ganar escala y competitividad sin sacrificar estabilidad. Y la española, que puede consolidar sus avances apoyándose en productividad y diversificación más que en el ciclo monetario. El viento de cola se debilita. Ahora empieza la navegación real. En última instancia, el debate actual sobre la banca no es solo financiero, sino también institucional. Se trata de cómo equilibrar estabilidad, competencia e innovación en un entorno más incierto. Si los reguladores aciertan en ese equilibrio y las entidades ejecutan con disciplina estratégica, el sector podrá seguir siendo un pilar de crecimiento y cohesión económica. De lo contrario, la pérdida de competitividad podría convertirse en el verdadero riesgo silencioso de la próxima década.

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