El mundo en 2025

Tribuna económica

Fotografía de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump , y su homólogo chino, Xi Jinping. / EFE

02 de enero 2026 - 06:00

2025 fue un año en el que cambiaron muchas de las reglas del juego y el mundo se sintió más incierto: la política marcó el ritmo, la economía se tensó y la tecnología avanzó a toda velocidad. Aunque es difícil recoger todo lo acontecido, pueden señalarse los temas principales que explican esa sensación de inestabilidad y de normas cada vez menos claras.

Uno de los ejes del año fue Estados Unidos. La vuelta de Trump a la Casa Blanca reforzó una presidencia más fuerte y personalista. Allí creció la confrontación y se estiraron los límites institucionales. Fuera, el enfoque fue más transaccional: aliados y rivales asumieron que el compromiso estadounidense podía ser más variable y condicionado.

El segundo foco fue el comercio como arma. Aranceles y restricciones se usaron para proteger industrias y presionar a otros países, pero también elevaron costes y obligaron a rediseñar cadenas de suministro. La rivalidad con China se asentó como pulso de largo plazo: no solo por exportaciones, sino por chips, tecnologías estratégicas y capacidad industrial.

En seguridad, el año dejó claro que sostener la defensa y la estabilidad cuesta más y obliga a tomar decisiones incómodas. Europa pasó de las declaraciones a lo práctico: cuánto dinero poner, qué capacidad militar aportar y cómo mantener ese esfuerzo en el tiempo para apoyar a Ucrania. Y en la OTAN creció el debate de hasta qué punto puede Europa seguir apoyándose en EEUU o si necesita reforzar mucho más su propia autonomía.

Oriente Próximo siguió dominado por la guerra, aunque en 2025 hubo un punto de inflexión: un alto el fuego entre Israel y Hamás. Aun así, la tregua es inestable, las negociaciones se han atascado y la población sigue en una situación humanitaria muy grave. Y, cada vez más, la guerra está cambiando el clima de opinión en EEUU, enfriándose el apoyo social a la gestión del conflicto.

La inteligencia artificial fue el motor del año, y uno de sus riesgos. Llegó una ola de inversión enorme, con promesas de productividad, pero también miedo a una burbuja. Al mismo tiempo, la IA bajó a lo cotidiano, invadiendo educación, creatividad o la relación de niños y jóvenes con las pantallas. Por su parte, la transición verde vivió un rebote social: más resistencia al coste de descarbonizar y más competencia por minerales críticos y tecnologías clave.

Cierro con dos avisos: el populismo europeo sigue ganando espacio y la deuda intensifica su amenaza. A ver cómo se desarrolla 2026, porque hay poco margen para equivocarse, y muchos incentivos que empujan al límite.

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