Un concurso europeo capital

Jerez y Granada pugnan este año con otras nueve ciudades por hacerse con una capitalidad cultural europea en 2031 en un proceso costoso y no siempre rentable

Una epopeya africana

Multitudinaria presentación de la candidatura de Jerez a capital europea de la cultura para 2031 / Miguel Ángel González

El pasado 15 de diciembre el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, de EH Bildu, anunció que la ciudad se retiraba de la carrera por ser capital de la cultura europea en 2031: no les cuadraban las cuentas. “Demasiados riesgos organizativos y presupuestarios”, resumió Asiron. El equipo que preparaba la candidatura se había reunido con Imanol Galdós, director del proyecto de la última ciudad española que había sido elegida, San Sebastián, en 2016, que obtuvo la capitalidad por una decisión política en detrimento de Córdoba, que era un proyecto mucho más sólido. Conocer su experiencia fue suficiente para quitarse de en medio.

El proyecto Donostia 16 se zanjó con un lo comido por lo servido. Su impacto en términos económicos, que es el auténtico reclamo de estas concesiones, se situó muy por debajo de lo previsto. Se cifró en 47,1 millones de euros cuando el gasto de financiar la cita cultural por parte de las instituciones públicas había sido de 46,8 millones. Durante un año se celebraron 3.193 actividades; el festival de cine de San Sebastián en sólo nueve días generaba por entonces 27 millones de euros. No había color.

Pamplona también ha observado los tiempos, el momento político y la situación crítica de la Unión Europea. De aquí a 2031 la cultura no va a estar en las prioridades de una Europa empeñada en armarse hasta los dientes. Por su parte, la incertidumbre de un gobierno español en el alambre sin capacidad de poder dotar la legislatura de presupuestos tampoco augura grandes aportes a una aventura en la que la ciudad tenía pocas posibilidades de salir airosa. El ayuntamiento navarro se veía cargando con unos costes para volver, casi con seguridad, con las manos vacías.

Antes que Pamplona había renunciado Santander. Su concejala de cultura afirmó que “la presentación de la candidatura supone una inversión económica significativa no solo en estudios, sino en asesorías, incluso en difusión y promoción, que se llevan cantidad de recursos que no se quedan en el sector cultural de la ciudad y que se utilizan para llegar a la obtención de este título”.

Los cálculos de Pamplona y Santander no han desmoralizado a las otras once candidaturas españolas, entre las que se encuentran Jerez y Granada, que han presentado sus bid books en los que contestan a las 38 preguntas que servirán para que se realice una primera criba en febrero en la que sólo quedarán cuatro o cinco para la gran final, cuyo triunfador se conocerá a finales de 2026. Para llegar a este punto, los ayuntamientos y diputaciones implicados han gastado entre todos no menos de ocho millones de euros en realizar estudios, adquirir material y, sobre todo, pagar a gestores culturales externos que les explicaran cuál era el secreto para obtener el triunfo.

Jerez decidió lanzarse a la carrera en 2019 por el empeño del entonces concejal de Cultura socialista, Francisco Camas. Lo primero que se hizo fue contratar a un gestor cultural de campanillas, el canario Tony R. Murphy, para que elaborara un estudio sobre la situación de la cultura en Jerez por 74.000 euros. El carísimo informe concluyó lo que cualquier jerezano sabía: que la oferta cultural de Jerez era pobre. El gobierno de la popular María José García Pelayo heredó el proyecto y, si bien en un principio no le puso mucho entusiasmo, poco a poco le fue atrayendo la posibilidad de un empujón económico y, al final, ha presentado una candidatura atractiva muy volcada en el mestizaje y la convivencia histórica entre gitanos y payos. Incluso ha montado una oficina técnica en un antiguo tabanco en una de las zonas más deprimidas del casco histórico, poblada de edificios abandonados en ruinas. El nombre de aquel tabanco era el Tabanco del Duque de lo Imposible.

La vocación económica de la apuesta jerezana quedó clara desde el momento en que se implicó de manera muy activa a la Cámara de Comercio de Jerez. Su presidente, Javier Sánchez Rojas, piensa que “vamos a ganar ocurra lo que ocurra, ya que todo lo que hagamos a partir de ahora por la visibilidad, por la aportación de valores en la creación de empleo y por crear riqueza alrededor de la industria cultural, Jerez lo tendrá en su patrimonio”.

Mientras, R. Murphy volvió a Canarias para ponerse al frente de la candidatura rival de Las Palmas. Poco después dimitió por las injerencias de la Sociedad de Promoción de la ciudad, más interesada en beneficios económicos que en la calidad del contenido cultural. Ese conflicto ha debilitado la candidatura canaria que en el inicio iba como un tiro con el reclamo de la insularidad de una Europa incrustada en las aguas africanas.

Una de las actuaciones promocionales de Granada 2031

Javier Fernández León, que trabaja para una de las candidaturas favoritas, la de Oviedo -la otra gran favorita es Granada-, ha estudiado detenidamente el funcionamiento de las capitalidades europeas, con especial atención al exitoso caso de Glasgow en 1990, que hasta entonces era una de las ciudades más feas del Reino Unido -aún hoy, sigue sin ser especialmente bonita, pero sin duda tiene un envidiable dinamismo cultural-. Fernández León advierte de que “el compromiso de la ciudad ganadora va mucho más allá del año de la capitalidad. Es un compromiso que empieza cinco años antes y que tiene que terminar cinco años después, con un legado que los jurados tienen que ver que es eficaz y que es creíble para concederle el premio de la capitalidad”. Es decir, la capitalidad supone un esfuerzo inversor de una década.

El riesgo, sin duda, existe, pero bien conducido las ventajas pueden ser notables. Para empezar, la ciudad elegida sólo por serlo se lleva el millón y medio de euros del premio Mercouri. Melina Mercouri fue aquella actriz griega que se hizo famosa mundialmente por su papel de prostituta en la película de Jules Dassin Nunca en domingo. Mercouri dejó su carrera cinematográfica para dedicarse a la política tras la caída de la dictadura de los coroneles en Grecia. Cuando su país tuvo la primera oportunidad de presidir el Consejo de la Comunidad Europea, Mercouri, como ministra de Cultura, impulsó un encuentro de todos sus colegas y, con la complicidad del francés Jack Lang, alumbró la idea de la capitalidad cultural europea, que recayó, como era de justicia, en Atenas, en 1985. Eran años en los que los ministros de Cultura todavía pintaban algo.

Al premio Mercouri se le suma la posibilidad de tener acceso a subvenciones dentro de los fondos FEDER, vinculados a infraestructuras locales y rehabilitación de patrimonio, o el Programa Europa Creativa, que en el sexenio 2021-2027 ha estado dotado con casi 2.500 millones de euros. Para el siguiente sexenio, si sigue existiendo, seguramente su dotación será mucho menor.

No todas las capitales europeas de la cultura, más de 60, que han obtenido su año de gloria desde 1985 han sabido aprovechar la oportunidad. La primera ciudad española en serlo fue Madrid en 1992 y aquello no supuso gran cosa en un año cuya capitalidad quedó a la sombra de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de la Expo de Sevilla.

Hasta el año 1999, la capitalidad siempre recaía en grandes ciudades -París, Amsterdam, Berlín, Estocolmo...- que, en realidad, por su tamaño no necesitaban impulsos a su vida cultural. El nombramiento de Weimar aquel año supuso un giro hacia ciudades medias con menor potencial económico, pero el resultado no pudo ser peor. Weimar, con menos de 70.000 habitantes, cerró su capitalidad cultural con un enorme déficit. Pero sí que se han conseguido sonados éxitos como el caso de la portuguesa Guimaraes en 2012. Guimaraes, con unos 150.000 habitantes, viene a ser como el Santiago de Compostela portugués, la ciudad donde nace el sentimiento identitario del país allá por el siglo XII. Sin embargo, antes de su capitalidad era una ciudad abandonada a su suerte tras el hundimiento de su industria textil, con un patrimonio tan rico como deteriorado. Los 25 millones de euros presupuestados, muy modestos si se comparan con los 226 millones de Oporto once años antes, consiguieron atraer 42 millones subvencionados por Europa para la rehabilitación de su patrimonio y el programa cultural supuso un incremento de un 43% de visitas con respecto a otros años. Durante aquel año se generaron 2.100 puestos de trabajo. La capitalidad europea, a la que siguió su inclusión como patrimonio de la humanidad de Unesco y la elección como capital verde de Europa, le permite arrojar datos de crecimiento anuales que se mueven en torno al 10% en su sector turístico.

Salamanca, que lo fue en 2002, supuso el único gran éxito español de capitalidad cultural, gracias a un apoyo decidido del Gobierno de José María Aznar, que se volcó con el evento, y la Junta de Castilla y León, que elaboró un meticuloso plan de excelencia turística. El estudio de impacto económico que se realizó al final del año cifró en 803 millones de euros el efecto generado por una cita cuyo coste final no llegó a los 30 millones de euros. Por sus 1.100 eventos pasaron tres millones de personas y la afluencia supuso la apertura de nada menos que 22 nuevos hoteles, lo que le ha permitido convertirse en un referente dentro del turismo de congresos.

Algo parecido es lo que quisiera conseguir Granada. Dos catedráticos de la Facultad de Económicas de la Universidad de Granada han realizado un estudio que avala la rentabilidad de la candidatura de la ciudad. El comisario de la candidatura no es ningún gestor cultural, sino un reputado economista, David Jiménez-Blanco, director de la Bolsa de Madrid y, en su día, director de estrategia de Abengoa. Sabe de números. Según este estudio, la actividad cultural en Granada genera un 11% del PIB de la ciudad en términos de renta y casi un 14% del empleo, lo que le sitúa por encima de la media española. La candidatura quiere que este dato juegue a su favor, ya que es una base lo suficientemente sólida para potenciar aún más el ecosistema cultural de la zona, lo que redundaría en la creación de empleo y nuevas empresas relacionadas con el sector. Al panel de expertos europeos eso le puede sonar bien.

De momento, este año es el turno de la eslovaca Trencin y la finlandesa Olulu, algo que muy pocos europeos sabrán, lo que muestra cuánto tiene de consumo interno esta celebración. Olulu, en la frontera con Laponia, tiene 200.000 habitantes y ha invertido 50 millones de euros en su capitalidad. Para que las cuentas salgan tiene que incrementar un 20% el número de visitantes durante este año. Según sus organizadores, por cada euro invertido se espera un retorno de tres.

Mientras Olulu celebra sus auroras boreales, en España diez ciudades saldrán derrotadas. Como esto es un hecho inevitable, las aspirantes han acordado proponer dos capitales culturales no europeas, pero sí españolas, entre 2026 y 2030 para que se vayan rotando las perdedoras y que el dinero invertido hasta ahora no haya sido en balde. De cómo se financiaría esta idea, todavía nadie ha dicho nada.

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