Tesla: La reconversión de un fabricante de coches en una empresa de inteligencia artificial

La compañía de Elon Musk cierra 2025 con un descenso del 9% en entregas de vehículos mientras sacrifica sus modelos premium para convertir la fábrica de Fremont en una planta de robots humanoides.

Los beneficios caen un 46%, pero la caja aumenta un 21% y el negocio energético bate récords.

Tesla cierra 2025 con una caída de beneficios y entregas pero duplica su apuesta por la inteligencia artificial

Tesla.
Tesla.

Elon Musk ha decidido matar a sus hijos predilectos. El Model S y el Model X, los sedanes premium que convirtieron a Tesla en algo más que un fabricante de coches eléctricos para early adopters millonarios, desaparecerán en los próximos meses.

La planta de Fremont, en California, dejará de producir automóviles para dedicarse a fabricar robots humanoides. "Nos movemos hacia un futuro basado en la autonomía", explicó Musk durante la presentación de resultados del cuarto trimestre. Como si la autonomía fuera un destino geográfico al que se llega eliminando todo lo anterior.

Los números cuentan una historia de transición incómoda. Tesla entregó un 9% menos de vehículos en 2025 que el año anterior (el primer descenso en su historia moderna) y sus beneficios netos cayeron un 46%.

Pero la compañía cerró el año con 44.000 millones de dólares en efectivo, un 21% más que en 2024, y su división de almacenamiento energético creció un 49%, desplegando casi 47 gigavatios-hora de capacidad.

Es decir, Tesla gana menos vendiendo coches, pero tiene más dinero y su negocio de baterías industriales está en plena explosión.

La narrativa oficial es tan seductora como difusa: Tesla ya no es un fabricante de automóviles, sino "una empresa de inteligencia artificial física". Una definición que engloba desde robotaxis sin conductor hasta robots humanoides que prometen revolucionar el mundo tal y como lo conocemos.

El problema es que, de momento, la inteligencia artificial física se traduce en menos coches vendidos, márgenes operativos que se han contraído del 7,2% al 4,6%, y una apuesta masiva en tecnologías que aún no generan ingresos significativos.

Quemar las naves (antes de construir las nuevas)

Lo interesante no es solo lo que Tesla está construyendo, sino lo que está dispuesta a abandonar. El Model S y el Model X suponían la consolidación de la marca en el segmento premium, con márgenes teóricamente jugosos. Su desaparición implica sacrificar productos rentables y establecidos para liberar recursos hacia proyectos experimentales. Es el equivalente corporativo de quemar las naves, pero con la peculiaridad de que las naves nuevas todavía están en el astillero.

Los robotaxis de Tesla acumularon apenas 700.000 millas de servicio pagado en 2025, una cifra modesta que contrasta con los 7.600 millones de millas que la flota global condujo teniendo activado el sistema FSD (Full Self-Driving Supervised), el software de asistencia avanzada a la conducción). Por ahora, solo en Austin algunos viajes operan sin supervisor humano, y la expansión a otras ciudades se ha pospuesto hasta la primera mitad de 2026.

Mientras tanto, las suscripciones al FSD crecieron un 38%, alcanzando 1,1 millones de usuarios que pagan mensualmente por un software que, según insiste Tesla, "requiere supervisión activa del conductor". Una contradicción semántica que resume bien la fase en la que se encuentra la tecnología: lo suficientemente impresionante para venderse, pero no lo suficientemente fiable para prescindir del humano.

El robot Optimus, que ocupará las instalaciones liberadas por los sedanes premium, aspira a una capacidad de producción de un millón de unidades al año. Una meta extraordinaria para un producto del que aún no se conoce cliente, caso de uso comercial validado ni precio de venta. Tesla promete presentar la tercera generación en el primer trimestre de 2026, con "mejoras significativas" respecto a la versión anterior. Habrá que ver si el mercado de robots humanoides resulta tan receptivo como el de vehículos eléctricos, o si estamos ante otra gran promesa tecnológica destinada a permanecer perpetuamente en fase beta.

El negocio que funciona

Lo que sí funciona, de forma casi inadvertida, es el negocio energético. Tesla desplegó 14,2 gigavatios-hora de almacenamiento solo en el cuarto trimestre, alcanzando un beneficio bruto récord de 1.100 millones de dólares en esa división.

Su red de baterías domésticas Powerwall participó en más de 89.000 eventos de central eléctrica virtual, permitiendo a los propietarios ahorrar colectivamente más de 1.000 millones de dólares en facturas eléctricas.

Es un modelo de negocio tangible, escalable y rentable que no requiere supervisores de seguridad ni actualizaciones de software constantes. Aunque las baterías estacionarias no tienen el glamour narrativo de los robots ni la promesa mesiánica de la autonomía total.

La inversión de 2.000 millones de dólares en xAI, la empresa de inteligencia artificial de Musk, añade otra capa de complejidad. Tesla no solo pivota hacia la IA dentro de su propio negocio, sino que también financia la infraestructura de IA de una compañía externa con la que espera "evaluar colaboraciones". Es un movimiento que desdibujaría aún más los límites entre las diversas empresas del ecosistema Musk, si no fuera porque esos límites ya son difusos de por sí.

Eso sin mencionar la posible salida a bolsa de SpaceX, claro.

La apuesta más arriesgada de Musk

Tesla está apostando a que el futuro no está en vender más coches mejores, sino en convertir toda su infraestructura (fábricas, redes de carga, flotas de vehículos, capacidad computacional) en una plataforma de servicios impulsados por inteligencia artificial.

Es una visión tremendamente arriesgada que implica renunciar a certezas presentes por promesas futuras, disminuir ingresos actuales para financiar productos que aún no existen, y pedir a inversores y clientes que mantengan la fe durante una transición cuya duración nadie puede predecir.

El tema no es si Tesla puede fabricar robots o desplegar robotaxis, sino si puede hacer ambas cosas simultáneamente mientras mantiene rentable un negocio automovilístico en declive, y si el mercado le concederá el tiempo y el capital necesarios para completar la metamorfosis.

Musk ha demostrado repetidamente su capacidad para materializar lo improbable. Pero incluso para él podría ser complicado convertir un fabricante de coches en una empresa de inteligencia artificial física mientras los ingresos caen y los márgenes se comprimen.

Por ahora, Tesla sigue siendo una compañía que vende coches eléctricos y baterías industriales mientras invierte masivamente en un futuro que promete ser radicalmente distinto.

Si ese futuro llega, Musk habrá ejecutado una de las transformaciones corporativas más audaces de la era tecnológica. Si no, habrá desmantelado un negocio rentable en pos de una visión que nunca se materializó del todo.

stats