La 'explosión' del biogás
Energía
Andalucía quiere tener en marcha más de trescientas plantas de generación de esta energía y la Junta ya estudia un centenar de proyectos que supondrían una inversión superior a los 1.400 millones de euros
Fuegos eternos, gases que emanaban de la tierra, brotaban de los pantanos, de la materia descompuesta. Los ancestros observaban el fenómeno como caprichos de las fuerzas del otro mundo porque en este mundo siempre hemos pensado que no éramos el único mundo, lo que nos ha traído bastantes problemas. Tuvo que venir la ciencia, alguien como Alessandro Volta, en los albores del siglo XIX, para decirnos que el gas inflamable de los pantanos se generaba a partir del estiércol y asombró a la Sociedad Real de Londres mostrando una lámpara que se iluminaba con gas metano, el gas de los pantanos. Había atrapado la magia. Cincuenta años después un inventor alemán, Julius Smith, ingenió un biodigestor, que era un dispositivo cerrado que, sin necesidad de la presencia de los pantanos, producía gas a partir de estiércol.
Por entonces la revolución industrial iba a toda máquina y la revolución se alimentaba de carbón. Y, al mismo tiempo que Julius Smith presentaba su aparato de generación de gas, en Pensilvania un tal Edwin Drake perforaba el que se considera el primer pozo de petróleo moderno. La cuestión es que el gas metano quedó relegado a zonas rurales, utilizándose la mierda de las vacas para iluminar establos. Hasta los años 50 del siglo XX nadie cayó en que estábamos hablando de energía y fueron los indios de la India los que se pusieron a fabricar a mansalva biodigestores, creándose la primera empresa digna de ese nombre que se dedicaba a explotar el gas de los pantanos, la Biogas Development and Training Centre.
El biogás, las más antigua fuente de energía, siempre ha sido el hermano pobre del mercado energético. En España, en concreto, ha estado arrinconado y cuando se hablaba de renovables lo que venía a la cabeza era el sol y el viento. No la basura. Mientras en Europa se encuentran en funcionamiento en la actualidad unas 19.000 plantas, en nuestro país apenas superan las 200 -sólo 15 de ellas dedicadas al biometano- y en Andalucía no son más que un par de decenas, todas, menos una, ubicadas bien en vertederos o en depuradoras de aguas residuales. Esa única planta se encuentra en una explotación ganadera de porcino en Vilches y ha sido ideada por Genia Bioenergy con el apoyo de Repsol. Energía de excremento de cerdo.
La Junta está dispuesta a que la situación cambie y ha creado la Alianza por el Biogás, a imagen y semejanza de la que ya se creó en 2023 para el hidrógeno verde, y a la que se han adherido 90 entidades entre empresas, universidades y centros tecnológicos. Tiene sobre la mesa un centenar de proyectos con una inversión en el horizonte de 1.400 millones de euros que podrían llegar a crear 3.500 empleos. El objetivo, en una acción coordinada entre las consejerías de Industria y Medio Ambiente, es encontrar “soluciones de descarbonización en la industria andaluza de manera eficiente, reduciendo al mínimo las emisiones y neutralizando otros impactos negativos como pueden ser la gestión de residuos o los olores”.
El impacto principal se buscaría en las zonas rurales porque son esas explotaciones agrícolas y ganaderas las que podrían desarrollar mejor esta tecnología. Para ello se ha establecido una hoja de ruta siguiendo un estudio realizado por la Asociación Española del Gas, Sedigás, que afirma que es Andalucía la región española con un mayor potencial para la generación de esta energía. Considera que tendría capacidad para contar con 334 plantas, lo que supondría que el gas de origen fósil desaparecería en el uso doméstico e industrial. Andalucía podría prácticamente alimentarse de la generación de energía proveniente de nuestros propios residuos. Una barrera contra la inflación por si ocurriera algo muy loco, no sé, como que la primera potencia mundial bombardeara a uno de los mayores productores de petróleo y se bloqueara todo el Golfo Pérsico.
Sin embargo, el proceso es lento. Cada uno de estos proyectos lleva un tiempo de aprobación administrativa que se prolonga entre los tres y cuatro años y luego la construcción de cada planta lleva cerca de dos años. Además, para contar con el apoyo público los proyectos deben garantizar una reducción de emisiones de al menos un 80% respecto al gas de origen fósil. Esto supone más inversión. Es decir, el proceso es lento, sí, pero también caro. Por eso la Junta echa mano en algunos casos de la Unidad Aceleradora de Proyectos. Ha sido el caso de la planta de biogás de Martos, promovida por la alemana Pitiusa Solar, con una inversión de cien millones.
AGR Biogás, con sede en Sevilla y con el apoyo de un fondo de inversión y un socio tecnológico, es una de las principales empresas de este sector. Cuenta con una planta en Campillos desde 2016 y tiene seis listas para su puesta en marcha, diez en construcción y otras treinta promociones en mente. Su proyecto más avanzado es la planta de La Calahorra, en Granada, que procesará anualmente cien mil toneladas de residuos de origen ganadero, principalmente avícola, lo que equivale a eliminar 23.000 toneladas de Co2, que es lo que emiten 6.500 coches y tendría un beneficio parecido a la plantación de 920.000 árboles. El pasado mes de febrero obtuvo el Certificado Internacional de Sostenibilidad.
Biometano
Otra de las firmas interesadas en este impulso en la región es Waga Energy, una multinacional de la tecnología verde creada en 2015 y que, desde entonces, ha cosntruido decenas de plantas de biogás, principalmente en Francia y Estados Unidos. Waga está detrás del proyecto de producción de biometano en el vertedero de Miramundo, en Medina Sidonia, donde piensa invertir 8,5 millones de euros. Cuando esté en funcionamiento, en 2027, podrá inyectar 80 gigavatios hora a la red de transporte de gas natural, lo que equivale al consumo energético de 16.000 hogares.
Para la experta en biogás Giulia Barina, “la producción de biometano destaca como la solución más eficaz y eficiente, tanto desde el punto de vista energético como climático. Permite producir un biometano con una calidad equivalente a la del gas natural. Además, el biometano mejora el desempeño ambiental de los vertederos al sustituir combustibles fósiles en sectores de altas emisiones como el transporte y la industria”. El biometano no es exactamente lo mismo que el biogás, ya que el biometano es biogás refinado, libre de impurezas, lo que le hace equivalente al gas natural. Al poder aprovechar las instalaciones de gas natural no hace falta inversión en nuevas infraestructuras.
Pero donde se va a producir la gran revolución es en la provincia de Jaén, donde están previstas veinte plantas de biogás y biometano alimentadas, por simplificar, con huesos de aceitunas. Se trataría, por tanto, de una industria complementaria a la del aceite de oliva. Cada tonelada de aceite de oliva produce cuatro toneladas de alperujo -los residuos de la aceituna- en la molturación. Cada una de las plantas proyectadas podría procesar 150.000 toneladas de estos residuos. Estos proyectos cuentan con el apoyo del sector agrario, que ve una oportunidad para resolver el problema de gestión de residuos del olivar, pero existe una fuerte oposición vecinal.
Luis Puchades, presidente de la Asociación Española de Biogás (Aebig), con más de un centenar de asociados, considera que la potencia de los sectores del olivar y del vino pueden suponer el gran marco diferencial con respecto a la producción de biogás en Europa. Sin embargo, admite que la principal barrera para el desarrollo de esta industria es el “rechazo social”, a pesar de que la tecnología existente permite que haya proyectos sin impacto alguno en su entorno. “La tecnología está ahí y la normativa es estricta. Cuando puedan desarrollarse las nuevas plantas la conflictividad va a bajar mucho. Será cuando la gente compruebe que las plantas dan empleo y ningún inconveniente”. Para Puchades, no hay otra solución que acudir al territorio y ser didácticos con los vecindarios.
Rechazo social
Un ejemplo de ese rechazo es el caso de Mengíbar, en Jaén. El pasado noviembre una manifestación bajo el lema Stop Planta de Biometano reunió a más de tres mil personas. Su portavoz, Francisco Serrano, afirma que “no queremos la planta de biometano, queremos un modelo de desarrollo que sea compatible con la salud pública y la calidad de vida de los habitantes”. La promotora de esta planta, Naturmet, ha garantizado que no habrá emisiones de gases, ya que el biometano se inyectará directamente en la red y no habrá ni olores ni humos, pero no ha conseguido convencer a la mayor parte de los vecinos. Ni los diez millones de euros de inversión, ni los 18 puestos de trabajo han servido para torcerles el brazo.
Los propios ecologistas, según reconocen en Ecologistas en Acción, no acaban de ponerse de acuerdo sobre el desarrollo de esta industria verde. Su postura, en resumen, es que no están contra del biogás, sino de los malos proyectos de biogás. Si de lo que se trata es de eliminar los residuos de las macrogranjas, por ejemplo, admiten que estas plantas evitan contaminación, pero lo que defienden es que no existan esas macrogranjas e incluso sospechan que alguna de esas plantas, en realidad, son cómplices de estas industrias ganaderas.
Científicos como el investigador del Museo de Ciencias Naturales, Fernando Valladares, no consideran que el biogás sea economía circular, porque “la fermentación no hace desaparecer los residuos. De los miles de toneladas que entran en una planta, solo te quita el 5%”. Mientras, otros consideran que es mejor eso que estar emitiendo metano a la atmósfera.
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