Negocios con todo el arte
Un pequeño renacer de las galerías, asfixiadas por los impuestos, desafía al estallido de la burbuja especulativa de la creación digital en un país en el que apenas se utiliza el arte como inversión
Mike Winkelmann, más conocido como Beeple, debe de ser un tipo verdaderamente listo. No había cumplido los 40 años cuando tuvo la idea de vender en el universo digital tokens no fungibles (NFT). Es complicado explicar lo que es un NFT. Digamos que es una representación digital cuya propiedad se verifica a través de un sistema criptográfico llamado blockchain. Es decir, compras algo así como una obra de arte que no puedes colgar en la pared de tu casa porque se encuentra en una especie de universo paralelo. Bueno, supongo que la puedes imprimir en un folio.
Durante un tiempo esa burbuja fue creciendo con el viento a favor de celebridades haciéndose con NFT’s. Madonna, Cristiano Ronaldo, Paris Hilton o Serena Williams adquirían sus ‘obras’ y las utilizaban como avatar -se hicieron muy populares una serie de monos- en las redes sociales como símbolo de distinción. El cénit de esta extraña inversión llegó en 2021 cuando Beeple vendió a través de la casa de subastas Christie’s su obra digital Todos los días con la criptomoneda ethereum a un valor aproximado de unos 70 millones de dólares, lo que convertía esa operación en la adquisición más cara a un artista vivo. De la noche a la mañana otros como Beeple se convirtieron en millonarios vendiendo cosas equivalentes a lo que hoy conocemos como un meme.
La fiebre NFT, que no era más que un negocio especulativo, distorsionó por completo el mercado del arte contemporáneo ‘serio’, que siempre se ha vanagloriado de ser un refugio seguro para la inversión. La engañifa no podía durar mucho y estalló en 2022 cuando un millonario malayo, pionero en la inversión en criptomonedas, Sina Estavi, adquirió por 2,6 millones de euros un tuit de Jack Dorsey, uno de los fundadores de Twitter, publicado en 2006. Cuando quiso hacer efectiva su inversión revendiendo ‘su’ tuit, por el que esperaba ganar 50 millones de euros, se encontró con que la puja más alta se quedaba en 250 dólares. De este modo, Stavi ya ha pasado a la historia como el primer tonto que rompió la cadena de inversiones estúpidas. En cualquier caso, Beeple no se rinde y ahora ha tenido éxito presentando en el Art Basel de Miami, una de las ferias de arte más importantes del mundo, una serie de perros robots con las caras de Elon Musk, Zuckerberg o Bezos y a la que ha llamado Regular Animals. Al parecer, es una crítica al poder y al capital.
Estas excentricidades nos narran la parte más frívola de un mercado que mueve anualmente más de 50.000 millones de euros y que navega aguas turbulentas con caídas de hasta un 25% en las transacciones por subastas en casas tan reputadas como la misma Christie’s o Sotheby’s. La guerra arancelaria desatada por Trump ayuda poco, contando con que Estados Unidos es el principal bazar del mundo acaparando el 43% de las ventas globales y China, su principal competidor comercial, ya está enseñando los dientes situándose, con el 15% de las ventas, en el tercer puesto mundial tras el Reino Unido.
Perdiendo la cordura
Uno de los principales coleccionistas de arte contemporáneo españoles, el abogado Paco Cantos, ya ha dado la voz de alarma y cree que el mercado seguirá cayendo mientras no se recupere la cordura y los precios regresen a cierta lógica. España, en cualquier caso, es un pigmeo en este ecosistema con algo menos del 2% de ventas mundiales, lo que no alcanzaría ni los mil millones de euros al año, que, por hacernos una idea, es el equivalente a lo que factura solo el grupo Damm vendiendo su cerveza Estrella.
Sin embargo, sí que hay iniciativas que tratan de acercar al inversor al mundo del arte. El grupo financiero Fidelitas ha creado su división Fidelitas ARTe, que tuvo su puesta de largo hace un año con una exposición en el hotel Marbella Rock. Allí, su CEO, Rubén Puga, animó a su clientela a diversificar patrimonio. Según él, el equilibrio se alcanza si un 15% de ese patrimonio es invertido en obras de arte.
En España hay muy pocos que utilicen el arte como inversión, no existe esa cultura”.
Bernardo Palomo, comisario de exposiciones y uno de los críticos de arte más veteranos de nuestro país, percibe, en cualquier caso, un retroceso tras los años de bonanza de principios de siglo: “Las compras importantes las están dando las fundaciones porque, tras la crisis del ladrillo, han ido desapareciendo las grandes colecciones de los bancos o las compras que realizaban las instituciones públicas. Los galeristas que sobreviven lo hacen gracias a los pequeños coleccionistas, que suelen ser personas de profesiones liberales con un alto nivel adquisitivo. Pero no estamos hablando de grandes coleccionistas, que de esos hay muy pocos en España. Es gente interesada en el arte que compra para poseer, no como inversión. En España hay muy pocos que utilicen el arte como inversión, no existe esa cultura”.
El coleccionista de arte más famoso en estos momentos, no por el valor de su colección, sino por su ascendente mediático, es el futbolista Sergio Ramos, asesorado por el galerista e hijo del fundador del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga Fer Francés. Ramos cuenta en su colección con obras tan prestigiosas como las del grafitero Banksy o el dúo de arte callejero londinense Miss & Bugs. Una de sus compras más sonadas ha sido un enorme díptico de Phil Frost con un valor no inferior a medio millón de euros. Ramos lo tiene claro: “No hay mejor forma de invertir que hacerlo en arte”, le contó a Pablo Motos en El Hormiguero.
Pero el caso de Ramos es una rara avis y desde luego en poco afecta al galerista común. Palomo sí observa en Andalucía que, tras un periodo en el que parecía que el mundo de las galerías estaba en extinción desencadenándose un cierre tras otro, ha habido un pequeño resurgimiento, sobre todo en Sevilla, que fue, gracias a la galería La Pasarela en los años 70, fundada por Quique Roldán, una puerta abierta a los nuevos artistas, “la base de nuestro arte contemporáneo”. Menciona como sus herederos a Rafael Ortiz, Barrera Baldán en lo que era el bar Berlín o DI Gallery.
En Sevilla fue donde nació la idea de la más importante de las ferias españolas de arte contemporáneo, ARCO, a principios de los 80 y si no pudo ser Sevilla fue porque por entonces las conexiones con la ciudad eran precarias. La ideóloga de la feria fue Juana de Aizpuru, la mujer de un ingeniero de montes que fue destinado a Sevilla y que descubrió la galería de Quique Roldán. Ella siguió sus pasos en una Sevilla que ella recordaba como muy pacata, pero resultó que cuando abrió su propia galería sus primeros clientes fueron “los aristócratas, la gente bien de la ciudad, que quisieron dejar de ser unos ñoños del pasado, y la forma que tuvieron de hacerlo fue acercándose al mundo del arte”. Cuando en Madrid se proyectó Ifema, convenció a sus promotores de que sería una buena idea incluir en su programación un gran mercado de arte en el que estuvieran presentes las principales galerías de todo el país.
Durante todas estas décadas ARCO se ha convertido en el punto neurálgico para hacer negocios en el mundo del arte contemporáneo y era donde acudían las instituciones públicas y las grandes empresas del país a realizar sus adquisiciones. Esto sigue más o menos así, pero, según Palomo, siendo todavía una referencia, el volumen de negocio ya no es el que era, principalmente por la menor inversión pública en arte, aunque hay iniciativas como la del Ministerio de Transición Ecológica de crear una colección de arte relacionada con el medio ambiente que ha animado algo más el patio.
Nuevos creadores
Lo que ilusiona a Palomo es el importante número de nuevos ceadores, los que se conocen como artistas de media carrera, es decir, menores de 50 años, que están surgiendo en Andalucía. Menciona nombres como Eduardo Millán, Javier Palacios o, sobre todo, Ana Barriga, que desde una barriada rural de Jerez, Cuartillos, se ha hecho un nombre internacional y ya factura sus obras con cuatro ceros en el mercado americano y el asiático.
“Mis cuadros los compran sobre todo mucha gente joven que nunca antes habían comprado un cuadro"
Otro caso de impacto, casi un fenómeno social, es el del pintor gaditano Pepe Baena, un alumno destacado del hiperrealismo de Antonio López que con sus escenas costumbristas ha llegado al gran público haciendo campañas para Cruzcampo o diseñando la portada del último disco de Antonio Orozco. La clientela de Baena no es una clientela al uso: “Mis cuadros los compran sobre todo mucha gente joven que nunca antes habían comprado un cuadro y eso me hace ilusión porque supone que mi obra sirve para que un nuevo perfil se acerque al mundo del arte, gente que no es habitual que compre arte”.
En el caso de Baena se da una circunstancia cada vez más común: la compra de obras por internet. “Yo pongo mis trabajos en mis redes sociales, alguien lo ve y se interesa y se pone en contacto directamente conmigo. Si el comprador adquiere la obra al pintor el IVA es de un 10%. Este es el problema que están teniendo las galerías. Una galería apuesta por un pintor, lo expone, la gente va a verlo y lo compra a la galería. En ese caso el IVA ya no es un 10%, sino un 21%. Es un encarecimiento exagerado”.
Lo que cuenta Baena es el gran lamento del sector, que desde hace años viene pidiendo más apoyo de las instituciones públicas y, de algún modo, proteger el arte de la jungla de internet y de burbujas especuladoras como los monos de Cristiano Ronaldo.
Del próximo día 2 de febrero al día 7 las galerías permanecerán cerradas. No paralizarán el país, pero sí será un aviso de su susurro agónico.
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