Análisis
Joaquín Aurioles
La importancia de ser honestos
Análisis
Tendemos a normalizar lo inaceptable cuando nos acostumbramos o después de mucho repetirse, pero los efectos económicos de este tipo de comportamiento pueden ser muy adversos. La invasión rusa de Ucrania ha ocupado durante meses las portadas de los periódicos y abría todos los telediarios. La brutalidad asesina de Putin sigue siendo la misma o peor, pero la costumbre de los bombardeos diarios ha terminado por normalizar la barbarie. Un caso similar sería el de la ocupación de viviendas. Inaudito hace unos años, pero ahora nos planteamos incluso la legalización del impago de los alquileres, es decir, el incumplimiento de los contratos.
También nos hemos acostumbrado a la corrupción, hasta el punto de convertir el “y tu más” en el principal argumento defensivo de las organizaciones concernidas. No existen estimaciones precisas sobre su impacto económico, pero sí algunos estudios que se atreven a cuantificarlo en torno a los 90.000 millones de euros anuales en el caso de España, es decir, algo más del 5% del PIB que es también lo que se estima que representa a nivel global. España estaría, por tanto, en torno a la media (una puntuación de 56 sobre 100 en 2024), según el Índice de Percepción de la Corrupción que publica Transparency International, aunque perdiendo posiciones en los últimos años (cuatro puestos desde 2019).
Bastante más seguridad proporciona los datos que relacionan el grado de honestidad y transparencia con el nivel de desarrollo de los países. Los más honestos son todos ricos, aunque lo contrario no es necesariamente cierto. Hay países ricos, sobre todo aquellos con abundancia de recursos naturales, como el petróleo, donde la honestidad brilla por su ausencia y se impone la corrupción entre los más poderosos, pero lo habitual es que también sean los más pobres los que encabezan el ranking de la corrupción en el mundo (Haití, Nicaragua, Sudán, Burundi, Congo, etc.). Especialmente relevante por sus connotaciones con España es el caso de Venezuela, uno de los más ricos en recursos, convertido en uno de los más pobres gracias a la corrupción política.
El problema de la deshonestidad es que puede ser un eficaz método, en algún contexto incluso condición necesaria, para el progreso y hasta la supervivencia, pero lo que dicen algunos experimentos sobre economía conductual, la que estudia la influencia de las emociones y otros factores ajenos a la racionalidad en el comportamiento de las personas, es que la corrupción depende del contexto en el que se estudie y con frecuencia plantea un conflicto ético al individuo.
Uno de los más conocidos, publicado en la revista Science en 2019, se realizó en 355 ciudades de 40 países de todo el mundo. Se trataba de estudiar la reacción de las personas que encontraron alguna de las más de 17.000 billeteras perdidas, unas sin dinero, otras con 12 euros en su interior y las últimas con 83 euros, además de llaves y tarjetas.
El resultado fue sorprendente. El 40% de las carteras sin dinero fueron devueltas, el 52% de las que contenían 12 euros y el 72% de las de 83 euros. Los porcentajes aumentaban en países como Suecia, mientras que solo en dos, Perú y México, se reducían ligeramente. Los datos indicaban que la disposición a la devolución aumentaba con la cantidad de dinero en el interior de las carteras, lo que llevó a los desconcertados investigadores a intentar explicarlo como reflejo de una inferior valoración del interés personal que de la honestidad y la autoestima.
Otros experimentos similares tienden validar el pronóstico de la prevalencia del interés personal y el egoísmo, es decir, de la elección racional, que postula la economía clásica, pero algunos matices permiten apreciar el extraordinario valor de las restricciones éticas. En un examen sobre la resolución de tres problemas matemáticos, un grupo debía entregar el ejercicio al examinador para su corrección, en otro grupo el estudiante corregía su propio examen y entregaba el resultado al examinador, que lo aceptaba y decidía la puntuación, y en el tercero la nota era establecida directamente por el alumno, que previamente había autocorregido su examen, que no tenía que entregar.
Como quizá cabía esperar los peores resultados fueron los de los alumnos del primer grupo. Los otros dos obtuvieron calificaciones superiores, pero moduladas, es decir, alejadas del máximo, y similares, pese a que el tercero no tenía posibilidad de ser descubierto. La primera conclusión extraída por los investigadores fue que la posibilidad de hacer trampa sin riesgos incita al comportamiento deshonesto, pero con ciertos límites que en el caso de los estudiantes del tercer grupo fueron atribuidas a restricciones éticas.
Lo más curioso es que en una variante de este mismo experimento, el comportamiento deshonesto desaparece o se reduce drásticamente cuando se recuerda al alumno que está sometidos a un código ético, que en realidad no existe. El referente moral constituye, por tanto, un poderoso catalizador de la honestidad que los economistas suelen considerar estrechamente relacionado con la calidad y la confianza en las instituciones.
De un tiempo a esta parte se aprecia en Estados Unidos, pero también en España y en otros lugares, una tendencia a normalizar el desarme moral en los casos de corrupción. El riesgo es el de una alarmante deriva hacia la deshonestidad, consecuencia de la apreciación del interés egoísta, cuya principal implicación será la desconfianza en las instituciones y en el mercado. Los efectos para la economía se pueden apreciar en el caso de los alquileres en España. La prevalencia de las consideraciones políticas o ideológicas sobre sobre la ética se traduce en la aceptación como normal del incumplimiento de los contratos, con el consiguiente hundimiento del mercado de los alquileres que todos podemos apreciar.
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