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Miguel Ángel Noceda
Asalto a la Reserva Federal
Tribuna Económica
LA catástrofe del viernes en el rio Guadalupe en Texas, nos plantea cuestiones morales y prácticas sobre los desastres. Hay un sorprendente parecido con lo que nos ocurrió a nosotros, que puede sintetizarse así: la agencia federal de meteorología advirtió el jueves por la noche de un peligro extremo por inundaciones repentinas; los responsable locales no sabían -veo sus declaraciones en Associated Press- qué hacer ante una alerta de este tipo, sin embargo, siempre hay gente sensata y algunos campamentos de verano evacuaron los niños; la responsable federal de interior no se atreve a culpar a los meteorólogos, pero declara que el pueblo norteamericano necesita protección y más inversiones en predicción atmosférica; los técnicos responden que cuentan con medios y tuvieron refuerzos para seguir el riesgo toda la noche; y, en fin, el máximo responsable del condado, un juez, confiesa que se planteaba avisar las crecidas repentinas con sirenas, como los tornados, pero se desechó la idea por el coste de disrupción en la actividad económica.
Todo esto nos resulta familiar, y sugiere al menos dos ideas. Una, que algunos minusvaloran el riesgo medioambiental con la excusa de que nunca había ocurrido, pero ese nunca es cada vez más frecuente, intenso y prolongado. De aquí que los responsables directos en autonomías y ayuntamientos descuiden los sistemas de comunicación de alertas, sigan dando permisos para inmuebles e instalaciones temporales en zonas de riesgo, y no limpien terrenos y arbolado. La segunda idea es comparar el coste económico de la prevención con el del desastre; el gobierno de España saca la norma ECM/599 de 10 de junio que establece, además de la certificación energética, la incorporación de riesgos medioambientales a la tasación de inmuebles, de manera que el valor de un inmueble puede verse afectado por un riesgo medible de agua, tormenta, seísmo, sequía o incendio. Esto no es un trámite, y tiene implicaciones severas si las compañías de reaseguros se niegan a cubrir catástrofes en algunos lugares, o suben las primas a precios imposibles.
Todo lo anterior se queda corto ante el valor de la pérdida de una sola persona, y cuando los responsables políticos directos dicen que ahora hay que centrarse en los rescates y la recuperación, y rezar, está muy bien, pero si se han estado invocando razones económicas contra las alertas, y bromeando sobre el medioambiente, resulta obvio que hay personas que no muestran ni capacidad ni sensibilidad para gestionar el peligro en que se ha convertido el clima.
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