Lao, el andaluz más rico de Cataluña

Así amasó un almeriense nacido en una pequeña aldea una inmensa fortuna convirtiéndose en el rey del juego y vendiendo su obra cuarenta años después a Blackstone

Caricatura de Manuel Lao
Caricatura de Manuel Lao / Antonio Moreno

El 12 de febrero de 1986 la policía interceptó en la frontera de Irún un Citröen BX y en el registro encontró, escondidos entre la chapa del chasis, 30 millones de pesetas en billetes de diez mil. El conductor del Citroen era un comerciante de Fuenterrabía (Guipúzcoa) llamado Antonio Sorózabal, que se ganaba un sobresueldo pasando de España a Francia dinero de hombres de negocios de toda España. En esta ocasión, Sorózabal declaró que ese dinero en concreto se lo habían entregado dos empresarios de Barcelona. Uno de ellos era Manuel Lao, el rey del juego que sólo ocho años antes había creado junto a su hermano Juan la empresa Cirsa (Compañía de Inversiones, Sociedad Anónima) y poblado los bares de todo el país de máquinas tragaperras.

Lao siempre negó que aquel dinero fuera una fuga de divisas y aseguró que su destino era pagar una investigación para descubrir quién se estaba dedicando al espionaje industrial de sus máquinas de juego. La Audiencia Nacional no le compró su excusa y condenó a Lao a dos meses de arresto y una multa de 14 millones. “Ha corrido un rumor absurdo sobre mi fuga de España -declaró Lao tras el incidente-. No tengo razones para irme. ¿Qué haría yo en el extranjero? España es el lugar ideal para un empresario: está todo por hacer y hay tres millones de personas esperando un empleo. En el extranjero no sería nadie y aquí soy el rey de Tarrasa, mi pueblo”. Parecía respaldar aquella afirmación de un ministro de Felipe González, Carlos Solchaga: en los años 80 no había mejor lugar en el mundo para hacerse rico que España.

En realidad, el pueblo de Lao no es Tarrasa, sino una pequeña aldea almeriense situada en la ladera norte de Sierra Nevada, Doña María, integrada en el municipio de las Tres Villas, donde de niño pastoreaba las ovejas de la familia y se ganaba algunas pesetas ejerciendo de monaguillo y vendiendo molinillos de viento. Cuando a los doce años, en 1956, el hijo del médico del pueblo se llevó a Lao a Cataluña, en la aldea vivían 1.300 paisanos. Hoy a duras apenas alcanzan los 200. Un éxodo como tantos que cimentaron el relato de una Cataluña próspera y trabajadora. Pero lo cierto es que esos orígenes convierten a Manuel Lao en el andaluz más rico de España, por encima de apellidos de más antiguo linaje empresarial como los Osuna, los Domecq o los Domínguez de la Maza. Y, sin embargo, en la ficha de Forbes, donde se le atribuye una fortuna de 1.700 millones de euros, aparece en el puesto 23 del ranking nacional como el tercer catalán más rico de España.

Esta posición se ha consolidado tras el golpe maestro final a cuatro décadas como el gran señor del juego no sólo en España, sino también en Sudamérica. En 2018 el fondo de inversión Blackstone le compró a Lao todo: los 174 casinos, los 70 bingos, las 75.000 tragaperras y sus 2.000 casas de apuestas. Ninguna de las dos partes quiso ofrecer la cantidad por la que se había cerrado la operación -se habla de dos mil millones de euros-, pero casualmente al año siguiente Matadepera (Barcelona), el lugar de residencia de Lao, donde tiene como vecinos al presidente de Repsol o al ex futbolista del Barcelona Xavi Hernández, se catapultó al primer puesto de los municipios con mayor renta per cápita, superando por primera vez al habitual líder, Pozuelo de Alarcón, en Madrid, según el ranking elaborado por la Agencia Tributaria. Lao siempre ha presumido de ser el mayor contribuyente de Hacienda. Y sí, de Doña María a Matadepera. Cuando Lao llegó a Cataluña, Matadepera era una aldea con más o menos los mismos habitantes que hoy tiene Doña María. Hoy Matadepera tiene 9.000 habitantes y casi el mismo número de piscinas. En Doña María no hay ni una piscina municipal y la renta media bruta es de 17.000 euros, casi cuatro veces menos que las 64.000 de Matadepera.

Apostando con pistachos

Lao ha llegado hasta su mansión de Matadepera gracias a su instinto de apostador. Pocas veces ha perdido incluso con jugadas inverosímiles. A mediados de los años 80 nadie comía pistachos en España, era un producto casi exótico. Lao se interesó por los pistachos. Envió a dos de sus ejecutivos a Turquía e Irán para que le trajeran toda la información que pudieran acerca del pistacho. Los ejecutivos regresaron y le revelaron cuántos y dónde se encontraban los pistachos del mundo. Lao los compró todos, inventó una máquina expendedora de pistachos y, no se sabe muy bien por qué, el pistacho se convirtió en una snack que forma parte desde entonces de nuestra dieta. Hay hasta helados de pistacho.

Cuando llegó a Cataluña se dedicó a trabajar en lo primero que le salía, de repartir caramelos en los cines a revender ladrillos que encontraba en los vertederos. Pocos meses después sus padres y su hermano Juan le siguieron y montaron un bar en un barrio de Tarrasa. Allí se le ocurrió a Manuel un negocio clandestino muy habitual en un país donde el juego era patrimonio del Estado con su lotería y sus quinielas y de los ciegos con sus cupones. En el bar de los Lao, el Egara, especializado en cocina almeriense (migas y gurullos), se vendían boletos y se premiaba aquellos números que coincidieran con los últimos de los premios de la lotería. Fue un éxito inmediato.

Lao patentó la primera máquina tragaperras electrónica del mundo

Lao compatibilizaba sus tareas en el bar con los estudios de maestría industrial y, luego, con un trabajo en la fábrica de electrodomésticos de AEG. Cuando en 1977 el juego fue legalizado, Lao ya era un joven de 34 años que había mostrado su espíritu emprendedor en el sector inmobiliario. Y vio claro el filón porque conocía la pasión de los parroquianos del bar de su padre por el juego. Compró las primeras tragaperras que llegaron a España, pero le parecieron en exceso rudimentarias. Con ayuda de su hermano, que tenía conocimientos de ingeniería, y de unos japoneses, se puso manos a la obra desmontando máquinas e introduciéndoles un circuito impreso: habían inventado la primera tragaperras electrónica del mundo. A partir de ahí, no pararon de crear nuevos diseños que sedujeran a los adictos a alinear frutas de colores.

Así nació Cirsa, que en muy poco tiempo se convirtió en el principal rival de Recreativos Franco, que partía con ventaja porque llevaba desde los años 60 abasteciendo a los billares de toda España de máquinas de pinball desde un taller en el Paseo de Extremadura de Madrid. Durante años la batalla entre los Franco y los Lao fue encarnizada y legendaria por hacerse con un mercado virgen que se extendía a los casinos y, sobre todo, los bingos, que fueron una fiebre de la Transición.

El Gobierno de la UCD vio que la pasión por el juego de sus gobernados se les iba de las manos y endurecieron la legislación aprobada sólo unos años antes. El conocido como el rosonazo, por el ministro del Interior Juan José Rosón, prohibía la instalación de tragaperras en los bares. Lejos de convertirse en un problema, a Lao y Franco lo que hizo esta ley fue despejarles el camino. Muchos de los que habían entrado en el negocio se salieron. Demasiado riesgo. Lao perseveró: era su apuesta y un jugador nunca se retira cuando está convencido de su apuesta. Así se han producido sonoras quiebras. No fue el caso de Lao. Sólo había que esperar. La nueva ley del juego, ya con los socialistas, acabó con el rosonazo.

Doble o nada

Pero Lao, cuando ya contaba con dos aviones, tres yates de recreo y una finca de 4.200 hectáreas en Ciudad Real, el Molinillo, que doblaba en tamaño a la de su vecino, Mario Conde, quería seguir apostando. A mediados de los 90 ya es un ludópata de los negocios y quiere poner las fichas en la expansión internacional y crea Leasure & Gaming Corporation. Empieza por la República Dominicana con el casino la Hispaniola y ya no va a parar, con especial atención a un país también muy jugón, Argentina, donde montará un inmenso casino flotante en el Río de la Plata inspirándose en los barcos del Mississippi y en sus míticos tahúres. Es cuando su hermano Juan, que no ve la jugada, se sale de la partida. A Manuel le da igual: compra la participación de su hermano en la empresa en 1998, un 44%, por 20.000 millones de pesetas y sigue en la ruleta.

El casino flotante de Buenos Aires levantado por Manuel Lao en el Río de la Plata
El casino flotante de Buenos Aires levantado por Manuel Lao en el Río de la Plata

Entre medias, seguía la guerra con los Franco, que habían contratado como su general a nada menos que a Miguel Durán, el que había sido el hombre fuerte de la ONCE y presidente de Telecinco, conocido en toda España como el ‘ciego`, aunque muchos estaban convencidos de que veía por su fama de lince. Franco y Lao se habían cruzado demandas por patentes o por la adjudicación de un casino en Viña del Mar (Chile) y estaban dispuestos a desplumarse los unos a los otros. Durán ejerció de hombre bueno y logró lo increíble: el armisticio. Por ese acuerdo, se unían las dos patronales del juego creando Cofemar, hoy Cejuego. En vez de pelearse iban a trabajar conjuntamente por los intereses comunes del sector. “Éste es un sector puntero que da trabajo a miles de personas y no se podía continuar con una organización representativa fraccionada”, dijo Durán. Había nacido un lobby. Desde entonces los encuentros de la patronal del juego con parlamentarios autonómicos han sido una constante en momentos en que se atisbaban cambios regulatorios. Y no les fue mal. En 2011 se aprobó la nueva ley del juego, una liberalización total que abrió la puerta a los casinos on line y las casas de apuestas deportivas, que se multiplicaron por los barrios humildes de toda España. Lao también supo posicionarse en esta nueva mina de oro.

Pero en el tablero político siempre hay contrapartidas y en Cataluña se cobraba por ello. En 2009 cerró la fábrica de la multinacional japonesa de televisores Sharp en Sant Cugat del Vallés para deslocalizarla en Polonia, dejando en la calle a 300 trabajadores. Lao recibió la llamada del presidente de la Generalitat Artur Mas, a instancias del hijo de Jordi Pujol, Oriol, para que Cirsa se hiciera cargo de ella. Cirsa lo hizo a regañadientes, “qué vas a hacer cuando te llama el presidente”, declaraba uno de los socios de Oriol Pujol. Cirsa cerró el acuerdo con Sharp para qudarse con la fábrica por un euro. Se quedaría con cien trabajadores y la utilizaría para fabricar pantallas para sus máquinas. Tras la operación, tanto Cirsa como Sharp realizaron donaciones a las fundaciones vinculadas a Convergencia CatDem y Barcelona Fórum, ambas consideradas como la clave del caso conocido como del 3%, las 'mordidas' del pujolismo.

Ahora patrocina McWin Food, que crea proteínas reales no procedentes de animales.

En 2004 Manuel Lao había declarado que “no pienso nunca dejar el negocio del juego, fue por lo que aposté en mis inicios y continuaré apostando en el futuro”, pero hay un momento en que todo jugador siente que es el momento de recoger las ganancias. Es lo que hizo Lao con Blackstone. Parece increíble, pero Manuel Lao, el rey del juego, ya no está en el mundo del juego. O no del todo. Ahora, a sus 81 años, juega a otra cosa. Tras la venta de Cirsa se centró en su family business, Nortia Capital, que es el holding que gestiona su fortuna con una cartera que pone huevos en diferentes cestas. Con la bandera de la sostenibilidad del planeta como karma, está presente en la constructora Sacyr, la inmobiliaria Merlin Properties, en el ‘neobanco’ MyInvestor, especializado en productos de inversión a bajo coste, y en renovables a través de Fondo IV, Q-Energy. Incluso patrocina un ambicioso proyecto, McWin Food, que quiere transformar el sistema alimentario mundial creando proteínas reales no procedentes de animales. De su finca de Ciudad Real, además, salen el aceite de oliva ecológico Dehesa de El Molinillo, la miel Alta Montaña y el vino Nacelcanto, todos productos gourmet.

Más allá de las visitas que durante un tiempo realizaba a las fiestas patronales de Santa Teresa que reunían a toda la diáspora, poco quedan de sus raíces andaluzas, cuando pastoreaba por los campos de Doña María, pero sí que tiene un gran proyecto en la región. Se trata de Dunique, al pie de la playa de Las Chapas, en Marbella, donde apoya el proyecto de construir 32 villas de alto standing y 64 apartamentos que prometen una gestión ecológica de los residuos, el ahorro energético y el uso del agua nunca vistos, según se publicitan. El más barato sale por cuatro millones y medio de euros. Los ricos, por muy humildes que sean sus orígenes, no pueden evitar pensar en cosas de ricos. Aunque su fortuna naciese ‘perra’ a ‘perra’ de una máquina de un bar de barrio.

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