Andalucía desaprovecha la oportunidad de convertir residuos en energía

La región mantiene el vertedero como salida dominante mientras otros mercados integran la valorización energética en redes térmicas, biogás y procesos industriales

Una planta de valorización en Jerez.
Una planta de valorización en Jerez. / Miguel Ángel González

07 de enero 2026 - 06:00

Andalucía genera 4.197.647 toneladas de residuos susceptibles de valorización energética y solo convierte en energía un 5,15%: 216.242 toneladas empleadas como combustibles alternativos en hornos de clínker, con una tasa de sustitución térmica del 41%. La proyección a 2030 –si el sector cementero alcanzara una TSR del 60% y un mix 5/45/50– apenas absorbería un 10% del potencial disponible, según el estudio del Grupo de Ingeniería Ambiental y de Procesos de la Universidad de Sevilla para Flacema. El diferencial entre lo que se podría valorizar y lo que realmente se convierte en energía es el punto ciego de la política de residuos en la comunidad.

La primera palanca que Andalucía no acciona es el calor urbano. Reino Unido consolidó en 2024 63 plantas de energy from waste (EfW) con 19,31 millones de toneladas de capacidad y 16,82 millones tratadas, que exportaron 10.040 GWh a la red eléctrica y elevaron la entrega de calor, aunque menos de una cuarta parte de las instalaciones lo aprovecha todavía. El propio sector británico reclama capturar ese calor para redes de distrito –el vector más costo‑eficiente para descarbonizar barrios densos–, con marcos de “zonas de red térmica” y directorios de plantas con potencial de offtake. Andalucía tiene ahí una buena señal: donde hay residuo “residual” postreciclaje, hay calor utilizable si existe infraestructura, contratos y diseño técnico.

También hay ejemplos en España que demuestran que la integración municipal es viable. El Parque Tecnológico de Valdemingómez combina digestión anaerobia, upgrading a biometano e inyección en red junto a valorización energética del rechazo, demostrando que el flujo orgánico urbano puede transformarse en electricidad, calor y gas renovable en un mismo recinto. La actualización del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) incorpora la planificación de calefacción y refrigeración locales, aunque la transposición es incipiente: se necesitan objetivos, perímetros y soporte técnico para que los ayuntamientos conecten fuentes térmicas –incluidas las EfW y las EDAR– con demanda real.

La segunda palanca es el biogás y el biometano. Cádiz pondrá en marcha en 2027 un proyecto de recuperación de gas de vertedero con upgrading mediante tecnología Wagabox, 80 GWh anuales de biometano y 21.000 toneladas de CO₂ evitadas al sustituir gas fósil. Es un salto que Andalucía puede multiplicar combinando residuos agroindustriales, lodos y fracción orgánica municipal en digestores que sirvan calor y electricidad a industria alimentaria, madera, papel y química. España, además, cuenta con una Hoja de Ruta del Biogás que fija metas a 2030 y garantías de origen para acelerar el despliegue. El camino existe; falta recorrerlo con proyectos y contratos bancables.

La tercera palanca es industrial y está fuera de la industria cementeras. Caleras, cerámicas, papeleras y polos metalúrgicos pueden sustituir coque y fueloil por combustibles sólidos recuperados (RDF/SRF) siempre que el combustible llegue estandarizado –poder calorífico, cloro y mercurio dentro de especificación–. La norma ISO 21640 y las guías europeas para RDF/SRF recogen requisitos y clases de calidad, mientras fabricantes y centros tecnológicos documentan que la homogeneización reduce paradas y estabiliza la llama. El reto no es técnico, sino logístico y de mercado: construir cadenas de pretratamiento y contratos de largo plazo que aseguren PCI y humedad. Andalucía tiene volumen de residuo y cercanía geográfica para hacerlo; necesita convertirlo en proyectos con economía cerrada.

Tecnología con sello andaluz

Hay más argumentos que apuntan a que Andalucía tiene palancas que desaprovecha. Ghenova, la multinacional de ingeniería sevillana, ejemplifica la capacidad que la región, y España en general, no utiliza. La compañía que dirige Francisco Cuervas tiene una línea de “energy recovery”, en la que Ghenova ofrece soluciones integrales waste to energy / energy from waste para residuos municipales, industriales y agroforestales: desde la viabilidad y permisos hasta FEED y detalle, con integración de cogeneración, recuperación de calor y sistemas de control ambiental. Su cartera internacional de proyectos de este tipo incluye Earls Gate (Grangemouth, Escocia), Kelvin “CHP Ready”, Stapelfeld (Alemania), KEBAG Enova Emmenspitz (Suiza) y Tuas Nexus (Singapur). Son casos reales que evitan cientos de miles de toneladas de residuo en vertedero y suministran electricidad y calor industrial. Ghenova trabaja, además, en gases renovables –biogás, hidrógeno, amoníaco y metanol– con due diligence, conceptual y FEED, balances de masa y energía, selección de compresores y almacenamiento, así como CAPEX estimativo y LCOH para proyectos de hidrógeno. La firma demuestra que existe talento local para diseñar plantas EfW y polos de gas renovable; la paradoja es que aplica esa capacidad en Reino Unido, Alemania, Suiza o Singapur más que en Andalucía y en el resto del país.

La experiencia de Ghenova bien podría utilizarse para crear una estrategia andaluza de waste to energy que podría ir más allá del diseño. Primero: arquitectura de abastecimiento –agregar feedstock municipal e industrial, dimensionar líneas de pretratamiento y asegurar calidad ISO 21640 del combustible sólido recuperado. Segundo: cogeneración y redes de calor –diseñar centrales CHP asociadas a plantas EfW, con subestaciones y acumulación térmica que conecten demanda ancla (hospitales, campus, vivienda social) y usos industriales. Tercero: gas verde –implantar digestores y upgrading para biometano, con contratos de inyección y garantías de origen; integrar captura de CO₂ biogénico para metanación o e‑combustibles en polos industriales. Cuarto: permisos y financiación –estructurar proyectos bancables con cronogramas realistas, risk‑sharing y elegibilidad en finanzas sostenibles, alineando el proyecto con la Hoja de Ruta de la industria cementera y el PNIEC. Es exactamente el tipo de trabajo que Ghenova realiza fuera y Andalucía desaprovecha.

La comparación exterior agranda la evidencia. Reino Unido convierte la fracción no reciclable en energía y abre redes térmicas urbanas con apoyo gubernamental y directorios de calor; Australia inaugura Kwinana y ultima East Rockingham, con una cartera de once proyectos en operación o propuesta que discuten públicamente su viabilidad y uso de cenizas. Andalucía puede evitar el atasco australiano –marcos inestables y falta de agregación de feedstock– y aprovechar la escala británica si fija objetivos de calor, contratos de 10‑20 años y estándares de combustible. Es una cuestión de voluntad política, porque la capacidad técnica ya existe.

La conclusión es que el waste to energy no compite con el reciclaje ni con las renovables y da una salida para el residuo que hoy se entierra al tiempo que permite rápidamente reducir CO₂ en ciudades y fábricas. Valdemingómez acredita que un municipio puede cerrar el ciclo con digestión y biometano; Cádiz demuestra que el gas de vertedero será energía local en 2027; Reino Unido enseña que el calor de EfW puede descarbonizar edificios; la estandarización RDF/SRF permite a la industria quemar menos fósil; y Ghenova aporta referencias, equipos y metodología para ejecutarlo en Sevilla, Málaga o Granada con la misma solvencia que en Grangemouth o Zúrich. Una región que exporta conocimiento en valorización energética tiene argumentos de sobra para aplicarlo en casa: proyectos, contratos y redes que conviertan un coste en calor útil, electricidad y gas renovable.

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