Cuando la geopolítica marca el precio de la economía

El presidente de EEUU, Donald Trump.
El presidente de EEUU, Donald Trump. / AARON SCHWARTZ / EFE

17 de enero 2026 - 06:00

Durante décadas la economía mundial se analizó como si la política internacional fuera un factor secundario, un ruido de fondo que apenas alteraba las grandes tendencias de crecimiento. Hoy esa idea parece obsoleta. Los acontecimientos recientes en Venezuela, Irán y Ucrania -este último, eso sí, desde 2022- confirman que la geopolítica se ha convertido en uno de los principales determinantes de la actividad productiva, la inflación y la estabilidad económica global. En los tres casos, Estados Unidos desempeña un papel central, ya sea como actor directo o como referencia inevitable del orden internacional. En los tres casos, Estados Unidos desempeña un papel central, ya sea como actor directo como impulsor de sanciones o como garante -o cuestionador- del orden internacional. La diferencia respecto a otras etapas históricas es que estos conflictos se producen en una economía global profundamente interconectada. Las decisiones diplomáticas, las sanciones económicas o el apoyo militar se trasladan con rapidez a precios, comercio y bienestar social. La geopolítica ya no es un asunto lejano: se refleja en la factura energética, en la inflación y en las oportunidades vitales de millones de personas.

Venezuela es el ejemplo más extremo de cómo la política internacional puede asfixiar una economía dependiente de un solo recurso. El petróleo representa más del 90 por cien de sus exportaciones. La producción ha caído desde más de 3 millones de barriles diarios a finales del siglo pasado hasta unos 900.000-1.000.000 actuales. Las sanciones lideradas por Estados Unidos han sido determinantes en este desplome. Este correctivo no solo reduce el volumen exportado, sino que obliga a vender el crudo con fuertes descuentos y mediante intermediarios. El resultado fue menos divisas, menor capacidad de importar bienes esenciales y un Estado sin margen fiscal. Y en eso llegó la captura de Nicolás Maduro y su mujer por parte de Estados Unidos, una acción mucho más allá de la presión diplomática y las sanciones. La intervención directa en Venezuela y la asunción de facto del control político del país han supuesto una reordenación forzada de la gestión del sector petrolero, con paralizaciones iniciales de la producción y una redefinición de los flujos de exportación bajo supervisión estadounidense. En el corto plazo, esta situación puede estar agravando la inestabilidad económica, mientras que a medio plazo abre un escenario incierto sobre quién captará los beneficios de una eventual recuperación y cómo se repartirán sus costes sociales.

Irán representa un patrón distinto. Desde fuera, no parece una economía colapsada, sino una sometida a una prima permanente de riesgo geopolítico, en gran medida asociada a su enfrentamiento con Estados Unidos y sus aliados. Con enormes reservas energéticas, produce alrededor de 3–3,5 millones de barriles diarios, pero exporta muy por debajo de su potencial debido a sanciones financieras y comerciales. Cada episodio de tensión en Oriente Próximo tiene un impacto casi inmediato en los precios del petróleo, aunque no haya interrupciones reales del suministro. Aquí la geopolítica actúa sobre las expectativas y la percepción del riesgo. Asimismo, tiene un impacto social directo: inflación persistente, restricciones al acceso a bienes importados y un deterioro gradual del nivel de vida que alimenta el descontento interno. La posible intervención directa de Estados Unidos en el país persa podría tener implicaciones difícilmente de predecir, por la gran complejidad los equilibrios en el Oriente Medio.

Ucrania es el caso con mayor impacto estructural y humano. Entre otras cosas, porque pronto se cumplirán los 4 años desde se inició la guerra. Se ha reducido su PIB en torno a un 30 por cien acumulado, ha causado cientos de miles de víctimas y ha desplazado a millones de personas. Estados Unidos ha sido el principal apoyo político, financiero y militar de Ucrania, influyendo de forma decisiva en la duración y la dimensión económica del conflicto. Para Europa, el impacto ha sido profundo. Antes de la guerra, Rusia suministraba cerca del 40 por cien del gas natural de la UE. La ruptura de esa dependencia, en un contexto de respaldo occidental a Ucrania, ha supuesto energía más cara, mayor volatilidad y una pérdida de competitividad industrial que afecta al empleo y a la cohesión social. Además, Ucrania y Rusia concentraban alrededor del 25–30 por cien de las exportaciones mundiales de trigo, por lo que el conflicto ha contribuido a la inflación alimentaria global, golpeando con especial dureza a los países más vulnerables. El fin de la guerra, del que muchos hablan, tendría grandes implicaciones para la economía y la política internacional, pero sobre todo para la europea, que no parece estar en su mejor momento en el tablero global.

El papel de Estados Unidos en estos escenarios plantea un debate más amplio sobre los límites y efectos colaterales de la acción geopolítica. Las sanciones y el apoyo militar buscan objetivos estratégicos claros, pero sus consecuencias económicas y sociales rara vez quedan confinadas a los gobiernos a los que se dirigen. A menudo recaen sobre poblaciones civiles que ven encarecerse los alimentos, reducirse el empleo o deteriorarse los servicios públicos. Este desajuste entre objetivos políticos y costes sociales contribuye a una creciente desafección y a una percepción de injusticia que alimenta la inestabilidad, cerrando un círculo en el que economía y conflicto se refuerzan mutuamente. Y tras el reciente episodio en Venezuela, que marca un antes y un después la conclusión parece clara. La economía global ya no puede analizarse sin tener en cuenta el nuevo papel expansivo de Estados Unidos en la economía, la política y como poder militar. La geopolítica ha aumentado su peso en los últimos años en la actividad económica. Sin embargo, con la intervención directa en Venezuela parece que se ha entrado en un territorio inexplorado para la economía y el orden global.

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