Irán, no hay un mañana

El autor cuestiona el futuro que aguarda a la población iraní, ante la incertidumbre de qué régimen puede sustituir al actual en un contexto de tensiones con varios países implicados

Un ciudadano iraní coloca una bandera del país en un edificio destruido en un bombardeo
Un ciudadano iraní coloca una bandera del país en un edificio destruido en un bombardeo / Abedin Taherkenareh/EFE

05 de marzo 2026 - 05:01

Ante la sorpresa del ataque de Irán a Gran Bretaña en Chipre, hay que recordar que en 1953, Mohammad Mosaddegh, primer ministro, nacionalizó el petróleo que estaba controlado por Gran Bretaña; y en 2013, tras desclasificarse documentación por la CIA, se conoció que pidió ayuda entonces a Estados Unidos para dar un golpe de estado, eliminar a Mosaddegh y fortalecer el poder del Sha Pahlevi hasta 1979. Así pues, el interés económico de Gran Bretaña y su intervención en Irán, aunque olvidado, se remonta a hace décadas. A finales de los años 80, en la guerra entre Iraq e Irán, Estados Unidos interviene una vez más en defensa de los intereses petroleros de Kuwait y Arabia Saudita, atacando a Irán y, entre otros desastres derriba por error un avión civil iraní, con 290 pasajeros. Después, la cuestión nuclear es una excusa cada vez con menos fundamento, pues en 2015 Obama firma, junto a otros cinco países, un acuerdo con Irán, que en 2018, sin dar tiempo a ver resultados, el nuevo presidente eliminaría; desde entonces, en 2020 Estados Unidos mata con un dron al general Qassem Soleimani y otros militares, y en 2025 vuelve a atacar el país y afirma que “el poder nuclear de Irán ya no existe”, concretamente utilizan el término médico obliterar, en el sentido de obstruir. Siguiendo la pista del petróleo, era obvio que Irán lo utilizaría como contraataque, pues por el estrecho de Ormuz pasan las exportaciones, en orden de importancia, de Arabia Saudí, Iraq, UEA, Irán, Kuwait y Qatar, con destino China, India y otros países asiáticos, a Europa y Estados Unidos van cantidades pequeñas; el pánico y la intervención crecen cuando el fuego se acerca peligrosamente a la mecha que lleva a Arabia Saudita, y las declaraciones del gobierno norteamericano y la preocupación del mundo se centra casi exclusivamente en el efecto sobre el precio del petróleo.

Los daños colaterales del ataque norteamericano son tremendos, por la disrupción en los intercambios internacionales en un momento ya incierto para la economía mundial. Si en España se consumen 1,32 millones de barriles de petróleo diarios, y suponiendo que el de Andalucía es proporcional a su peso en la economía española, una subida de 70 dólares a 100, que es el 40% que subió cuando la invasión de Rusia a Ucrania, supondría en un total de 6 meses casi 1.000 millones de euros de sobrecoste para la economía andaluza. El daño ya está hecho, y hay que evitar ahora que se generen expectativas inflacionistas, para lo cual la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha de controlar a las petroleras para que no aprovechen la ocasión y suban desproporcionadamente los precios, lo que tanto ha desanimado a sucesivos presidentes de la CNMC; también las asociaciones empresariales habrán de influir para que aquellas compañías que tienen poder de mercado, no perjudiquen a la mayoría. Hace diez años que las relaciones con Estados Unidos son volátiles, y como recogía hace poco este periódico, los productores de aceite y aceitunas andaluces confían en el acuerdo con Mercosur para derivar sus exportaciones. En cuanto a India, tenemos el reciente acuerdo con la Unión Europea, reforzado por las autoridades españolas y las del Puerto de Algeciras, que facilitan nuestras exportaciones de automoción y aeroespacial, maquinaria, metales, vinos y bebidas, alimentos procesados y aceite de oliva. India está seriamente tocada por el conflicto, pues sus importaciones de petróleo vienen de allí, y dispuesta a abrirse a socios más fiables.

La reacción de Gran Bretaña, Francia y Alemania, es de defensa ante el ataque a sus bases en Chipre, Iraq y Jordania, pero este conflicto no ha sido acordado por el Parlamento Europeo, la OTAN, o las Naciones Unidas, ni siquiera, cuando esto se escribe, por el Congreso norteamericano, ni cuenta con apoyo popular en la mayoría de los países. Dentro de la OTAN, Turquía, poco amigo de Irán pero menos de un Israel reforzado tras la guerra, es uno de los países más perjudicados, pues soporta la presión de quienes huyen del conflicto y el deterioro de su economía; algo similar ocurre con la población sunita de la zona, que sufre a un Irán intolerante, pero le espanta el eje Israel-EEUU. Todavía no ha cicatrizado la herida que recibimos como consecuencia de la intervención española en 2003 en Iraq, aunque afortunadamente nuestras tropas fueron retiradas al año siguiente; al final no había armas de destrucción masiva, pero se crearon secuelas que duraron años, dando protagonismo y fuerza a Irán en la zona. Hoy, la neutralidad y abogar por acuerdos que frenen el conflicto, es para nosotros la opción moral y más inteligente.

El derrocamiento del Sha Pahlevi no hizo sino empeorar las condiciones de vida de la gente y condenó al país a vivir durante décadas en las tinieblas. Ahora, la muerte del Ayatollah Khomeini y el intento de acabar con un régimen corrupto y brutal, proveedor de drones baratos a Rusia contra Ucrania, soporte de terroristas y, en fin, enemigo de Europa, no es para grandes lamentaciones, pero tampoco hay un plan que garantice a la población iraní disfrutar mínimamente de derechos democráticos. Tampoco está claro cuándo acabará el conflicto, pues el gobierno de Estados Unidos buscará seguramente un acuerdo que le permita dejar la situación en manos de Israel, pero no sabemos qué régimen sucederá al actual, si podrá mantener cierta estabilidad, o surgirán nuevos conflictos imprevisibles; por otra parte, ya se encargaría China de obstaculizar que un nuevo régimen en Irán fuera pronorteamericano. La duración de las intervenciones militares siempre es un enigma, pues Iraq, Afganistán, Libia, Siria, y antes Vietnam, nos enseña que se prolongan más de lo que inicialmente se piensa, y en ningún caso se ha visto un cambio para bien.

La reacción del régimen iraní es hacer todo el daño que pueda, a todo el mundo; se ha montado el peor escenario posible, donde no hay un mañana, no ya para los que detentan el poder sino para la población que soporta el drama de la guerra, gentes que nos resultan familiares por las películas tiernas y próximas de los grandes cineastas iraníes, Farhadi, Majidi, Panahi, Ghobadi, con temas que no conocen fronteras, como la reciente primera película del iraquí Hasan Hadi, El pastel del presidente, premiado en Cannes, y que da presencia a los que son olvidados tras los conflictos, abandonados a las enfermedades, carencias de todo tipo, nuevos opresores, y a la desesperanza.

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