'Outlanders' de lugar y tiempo

El afán de lo urgente e inmediato, entre el estar y el ir, es un vicio improductivo, aunque predica la productividad

Relojes marcan el tiempo que pasa.
Relojes marcan el tiempo que pasa. / Ricardo Rubio/Europa Press

17 de enero 2026 - 06:00

Ninguna empresa y casi ninguna familia hace ya verdaderos planes de largo plazo, que se cuantificaba en 5 años en las facultades de Económicas cuando me tocó pupitre. Ese lapso ha sido jibarizado. Una semana contemporánea puede ser largo plazo, y serlo cuatro veces al mes, arrastrado vertiginosamente su operar por la tiranía de los objetivos inmediatos; árboles fugaces que metamorfosean, sin dejar ver su bosque. Sí, sigue siendo verdad que un entorno complejo y dinámico –de cambio veloz– es el más incierto. Que el estrés merma la reflexión: en esto, la prodigiosa IA es otro palo en candela, cabe aventurar. La santificación de la productividad tecnologizada ha esclavizado a la verdadera capacidad de obtener de forma perdurable más de lo que se emplea (esto es, productividad). Ningún presupuesto suele ya marcar un rumbo estratégico. Sí, uno histérico, raramente cumplido y mayormente maquillado. Improductivo empeño de futuro, sometidos al turbo los pasos: alto riesgo de revolcón. En un anillo exterior y opresivo, prepondera un entorno hiperpolitizado, yonqui de la mentira y de los golpes de timón, cuyos botavarazos parten cuellos ejecutivos y asfixian a la tropa. Puro vicio. No es, éste de aquí, un encomio de la complacencia: es que no trae cuenta estar en misa y repicando, redefiniendo lo decidido a cada instante. Incumpliendo, pues.

Alguien me dijo que la vida es paciencia, fue el dueño de un bar del norte. El hombre filosofaba con pocas palabras; un Séneca extemporáneo, renacido lejos de las Roma o Córdoba del siglo cuarto antes de nuestra era. "La vida es paciencia, amigo", soltó tras un suspiro; de seguro sin saber por los libros o los púlpitos que la paciencia es el antídoto de la ira, del desafuero.

Es admirable la paciencia de quienes leen novelas triviales de seiscientas páginas, una tras otra, ¿será meditación posmoderna, orfidal encuadernado o en plasma? Yo, futbolero veterano, no aguanto ya un partido entero. Impaciencia, inmadurez: no cabe descartarlo. Me asombran quienes devoran del tirón temporadas de series de TV. No he sido capaz de hilar la magistral y espeluznante Breaking Bad. Dicen que quienes tienen déficit de atención para cosas, gozan de alta capacidad de concentración para otras. Me propuse ver Outlander, atractiva serie, salpicada de polvos y bellos cuerpos, aliñada de la consabida divinización de lo celta escocés e irlandés. En ella, los protagonistas saltan siglos adelante y atrás, y, en esa transmigración, son permanentes forasteros (outlanders en inglés). Desubicados y alienados. Las series –y esta simboliza los tiempos sin tiempo– son productos coherentes con las mil ventanas abiertas de internet (Windows es el nombre de marca más atinado de la historia), que proscriben la paciencia y reflexión que conviene al conocimiento algo profundo o reflexivo.

Volviendo al tabernero metafísico, la vida es desde los 90 impaciencia, vibración e intrusión digital; exige cambio continuo de espacio y tiempo –como los reguapos de Outlander–, e impone el vicio de la urgencia. Río revuelto y ganancia de pescadores: pocos.

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