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Miguel Ángel Noceda
Repsol negocia su futuro en América…
JOSU Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, tuvo el viernes una de las pruebas de fuego más trascendentales de su carrera empresarial, ligada al grupo petrolero desde que dejó la política (paso de ser dirigente del PNV a la filial vasca Petronor y después a la matriz, donde pronto se convirtió en el hombre de confianza del presidente, Antonio Brufau). Como representante de Repsol, una de las petroleras elegidas junto con “las más poderosas” para reunirse con Donald Trump, acudió a la Casa Blanca para discutir el futuro de la explotación del petróleo en Venezuela y conocer la disposición a invertir en el país suramericano.
Tras la polémica operación de destitución de Maduro, Estados Unidos necesita resultados inmediatos en Venezuela y, con más énfasis, en el sector del petróleo y gas, estratégico para los dos países. La obsesión de Trump es controlar las reservas de crudo y la industria productora, que se ha quedado obsoleta y necesita fuertes inversiones. Para ello pretende que las petroleras asuman esa responsabilidad.
Los gigantes del sector, como ConocoPhillips y ExxonMobil, que sufrieron la expropiación por parte del Gobierno de Hugo Chávez a principios de siglo, han recibido la propuesta con recelo exigiendo seguridad jurídica y estabilidad, algo que Trump ha garantizado sin pestañear al principio, en el medio y al final de la reunión. No obstante, lo más inmediato y fácil es que los primeros resultados vengan de las empresas que ya están presentes en Venezuela, caso de Repsol, la italiana Eni y la estadounidense Chevron, que excepcionalmente siguió operando. Trump, consciente de ello, se mostró especialmente cercano con sus representantes ofreciendo todo tipo de facilidades.
Imaz sabía de sobra que su asistencia en el sanctasanctórum de Washington junto a las principales petroleras se debía a la presencia de la compañía española en Venezuela, país que supone el 15% de sus reservas de petróleo y gas, la segunda en importancia de su cartera tras Estados Unidos, y también a sus ambiciosos planes de crecimiento en este país, al que destina el 40% de sus inversiones. Sin embargo, en estos momentos no puede explotar en plenas condiciones sus propiedades en Venezuela por el embargo comercial que implantó la Casa Blanca el pasado marzo y que impide el cobro en especie (cargamentos de crudo) como pago del gas que produce.
El objetivo primordial del ejecutivo de Zumárraga, que no dudó en mostrar su sintonía con Trump llamando “Golfo de América” al Golfo de México, era convencer al todopoderoso magnate para que levante ese embargo y pueda operar con garantías. A cambio, Repsol se compromete, de acuerdo con lo que determine Estados Unidos, a triplicar los 45.000 barriles de petróleo diarios que produce ahora en un plazo de dos o tres años. Para ello solo es necesario que se restituya la licencia de exportación de crudo (pago en especie por la producción de gas) y se establezca un marco de seguridad jurídica y estabilidad.
Trump, que respondió a Imaz con un breve “great job” (gran trabajo), se lo aseguró. Le puso todo a favor. El presidente también sabe de sobra que Repsol quiere crecer en Estados Unidos y que ha respetado los mandatos estadounidense y mantenido la relación directa con las autoridades con total transparencia y colaboración, respetando el embargo y adaptándose a las exigencias. Ante eso, y pese a las tensiones con el Gobierno español, no parece complicado encontrar mecanismos que puedan permitir la actividad.
Repsol lleva en Venezuela 33 años, desde 1993, y casi el 85% de su producción es gas natural, con el que además sostiene gran parte del sistema eléctrico del occidente venezolano. En los últimos 15 años el grupo ha atravesado muchas vicisitudes, derivadas de las imposiciones del régimen de Chávez y Maduro. La situación obligó a reducir la exposición patrimonial en el país, que, de acuerdo con las cifras de 2024, es de 330 millones de euros, lo que supone una de las más bajas de cualquier país en los que está, ya que tiene prácticamente todo provisionado.
En definitiva, para Repsol se abre una nueva oportunidad en Venezuela; pero, por añadidura, también en Estados Unidos, que es el principal país en el negocio de exploración y producción de Repsol con un total de 200.000 barriles equivalentes de petróleo al día. La compañía ha invertido más de 20.000 millones de euros desde 2008 en el país y su objetivo a corto plazo es sacar a cotizar este negocio en la Bolsa estadounidense. En estos momentos, tiene actividad en seis estados con más de 1.000 empleos y una próxima apertura de explotación en Alaska. Y todo eso lo sabe Trump.
Mientras Repsol debate en América su futuro en Venezuela y Estados Unidos, Moeve (antes Cepsa) acaba de alcanzar un acuerdo con la portuguesa Galp para disputar el mercado ibérico a la líder sectorial. Las dos firmas se destaparon el jueves con el anuncio de que negocian la integración de sus estaciones de servicio y centros de producción en la península. La operación, se estima en una cifra de 15.000 millones de euros y supone una de las más cuantiosas de la historia de España en el sector energético.
Se trata de crear dos compañías independientes con el mismo accionariado, una centrada en refino, química, hidrógeno y combustibles, y otra, en estaciones de servicio. Los actuales accionistas de Moeve (el grupo Mubadala, del emirato de Abu Dabi, y Carlile) tendrían el 80% de la primera y Galp el restante 20%. En la segunda, el accionariado se reparte al 50% y la marca de las gasolineras sería Moeve con su color corporativo azul.
Las dos empresas, que han realizado desinversiones importantes en los dos últimos años en el denominado negocio upstream (exploración y producción) y se han centrado en dowstream (comercialización y distribución), persiguen ganar músculo en un sector en el que quedarse pequeño supone un riesgo. El acuerdo resucita las fusiones y adquisiciones en un sector que parecía dormido desde la irrupción de las energías renovables y la deriva que tomaron las petroleras hacia las nuevas tecnologías.
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