tribuna económica
Carmen Pérez
España y la falsa normalidad económica
tribuna económica
España parece que en 2026 disfrutará de calma económica. La inflación se modera (la proyección del Banco de España es del 2,1%), el empleo bate récords y el crecimiento esperado del 2,2% supera la media europea. Sin embargo, esta lectura optimista puede estar ocultando un cambio más profundo: ¿estamos adaptándonos a un país estructuralmente más caro y con una clase media más presionada?
El primer error es confundir inflación contenida con bienestar recuperado. Aunque los precios ya no suban con fuerza, se han quedado en niveles elevados. Alimentación, vivienda y servicios básicos absorben hoy una mayor parte del salario medio. La pérdida no ha sido igual para todos -sectores, regiones y niveles salariales distintos han experimentado impactos diferentes-, pero la tendencia general fue de pérdida de poder adquisitivo en estos últimos años.
A ello se suma el fin del dinero barato. Durante años, el Estado, las empresas y los hogares se financiaron a tipos cercanos a cero. Ese escenario no volverá pronto. Incluso con recortes del BCE, los tipos serán estructuralmente más altos que antes de 2022. Esto tiene consecuencias directas sobre la deuda pública, la inversión y el mercado inmobiliario. La deuda seguirá siendo sostenible, pero a costa de menos margen presupuestario y ajustes, no de grandes recortes visibles.
La vivienda es el síntoma más claro de esta nueva realidad. Oferta insuficiente, altísima demanda, salarios ajustados y crédito más caro han convertido el acceso a una vivienda en un obstáculo económico central, para el que habría que tomar con urgencia decisiones radicales. Porque además no es solo un gravísimo problema social: limita el ahorro, frena la movilidad laboral y reduce la capacidad de crecimiento a largo plazo.
Mientras tanto, España habla de digitalización e inteligencia artificial, pero la productividad sigue estancada. El crecimiento se apoya más en crear empleo que en mejorar la eficiencia. A pesar de las mejoras recientes, nuestro país sigue enfrentando una productividad más baja en términos absolutos que la media de la UE, lo que limita la capacidad de generar mayores salarios y mejores niveles de vida relativos.
El resultado es una erosión silenciosa de la clase media. No se manifiesta en grandes titulares, sino en decisiones cotidianas: qué vivienda se puede pagar, cuánto se ahorra o qué proyectos se posponen. El riesgo quizá no es una crisis abrupta, sino acostumbrarse a un modelo que funciona en apariencia, pero que ofrece cada vez menos a quienes lo sostienen.
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