La estrella de Belén y los astrónomos del Papa

La estrella de Belén
La estrella de Belén

06 de enero 2026 - 05:59

Desde la época de León XIII el Vaticano financia un programa de astronomía, principalmente para analizar su portentosa colección de meteoritos, fruto de una donación, y más recientemente con un observatorio en Arizona. La investigación es posible por los recursos del Vaticano, patrocinio privado, y el bajo coste del personal científico religioso que vive con muy poco, como el recientemente nombrado director del programa, el jesuita Richard A. de Souza, doctor en Astronomía especializado en fusiones de galaxias; este no es desde luego un modelo para nuestras universidades, pero indica que el dinero y fe en el conocimiento es el fundamento de la investigación. El propósito del Vaticano no es demostrar que el Universo está hecho a medida de los humanos, ni mostrar la necesidad de un dios, pues aceptar la ciencia en sí misma era lo que el papa Francisco defendía en Laudato Si, con relación al cambio climático y el estrés sobre el planeta. En los últimos años surgen dos fenómenos peculiares. Uno, la nueva economía política del espacio, con lanzamiento de satélites que han generado más de 46.000 fragmentos de basura mayores de 10 centímetros, y millones de desechos orbitales sub-centímetro, que pueden impactar a una velocidad de 15 kilómetros por segundo en naves y tripulantes. A esta miseria de la economía espacial se añade la expectativa de situar fuera del planeta los centros de procesos de datos, cuya hambre de energía hace imposible alimentarlos aquí. El otro fenómeno es el conocimiento de concentraciones de masa llamados agujeros negros que destruyeron estrellas en tiempos remotos, evidencia que nos llega hoy en formas paradójicas haciéndonos repensar nuestra concepción de tiempo y espacio; y, sobre todo, nos afecta el descubrimiento de cambios en la actividad solar con la aparición de auroras boreales en sitios inesperados, siendo inquietante que los soles envejecidos devoren los planetas más próximos.

Para creyentes y no creyentes el espacio es una fuente de prodigios, ya sea por la experiencia religiosa de lo infinito como por la admiración con que los científicos ven encajes sorprendentes de datos en teorías. Un aspecto quizás menor donde se muestran estas coincidencias es cómo nos gusta saber que alrededor de la fecha del nacimiento de Cristo se dieron fenómenos de alineación de planetas que brillan y parecen estrellas, pues no en vano desde muy pequeños oíamos que los Reyes Magos, sin saber por qué, siguieron una nueva estrella que señalaba un acontecimiento humano grande y misterioso.

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