Groenlandia importa

Análisis

Además del envío de contingentes militares, la Unión Europea debe endurecer el tono económico con EEUU

La colonia portuaria de Nuuk, en Groenlandia. / Johan Nilsson, Europa Press

18 de enero 2026 - 03:59

La llamada doctrina Monroe, de 1823, que lleva el nombre del presidente James Monroe, y ha servido como inspiración para la anexión de territorios por Estados Unidos, nació para España, aprovechando los movimientos de independencia en América. En uno de sus puntos dice claramente: “es obvio que España ha perdido el dominio de sus colonias”, siendo el corolario que Estados Unidos debía asumir el control de Latinoamérica, que quedaría fuera del dominio e influencia de Europa. Además, la nueva América se identificaba con valores diferenciados de los europeos, guiándose por la brújula de sus propios ideales e intereses; una brújula que como dice el historiador de Yale, Greg Grandin, apuntaría en la dirección que más conviniera a su dueño. Esta ambigüedad se ha venido utilizando en el tiempo para justificar todo tipo de tropelías, y ahora la aguja de la brújula apunta a Groenlandia. La primera idea que surge es que el intento de anexión de Groenlandia no es una ocurrencia, y tiene raíces en la tradición agresiva de gobiernos populistas norteamericanos, como ocurrió con los intentos de compra en 1946, y en 2019, provocando un serio incidente con Dinamarca.

El país es un territorio vastísimo, de 2,17 millones de kilómetros cuadrados, el 81% cubierto por el hielo, tiene un clima templado en las costas, alrededor de 4ºC, por el fenómeno de no transmisión cercana del calor de los vientos interiores, que se desplazan a la costa, donde también influyen favorablemente las corrientes marinas. El dato climatológico es importante por la dificultad de explotar recursos naturales en el interior, al carecer de carreteras; pero hay reservas de petróleo costeras, y el cambio climático y el deshielo, posibilitarían la minería en el interior, pues hay recursos de zinc, plomo, oro, hierro, cobre y tierras raras, y el cambio en el clima puede acelerarse. De hecho, el año pasado, por primera vez en la historia reciente, ha llovido en vez de nevar sobre el hielo. Las razones económicas de la invasión por Estados Unidos se entienden releyendo un trabajo de Tim Boersma y Kevin Foley de 2014 para la Brooking Institution sobre la fiebre del oro en Groenlandia y los fracasos en la minería, y deban al menos una década para que la explotación de recursos fuera factible; la década ha pasado y aunque el progreso es lento se abren perspectivas, alentadas, no cabe duda, por las petroleras y mineras norteamericanas que han apoyado financieramente al partido en el poder. La segunda idea que apuntamos es, pues, que el argumento económico tiene sólidos fundamentos para entender el interés de Estados Unidos por la zona.

Una tercera idea es sobre la actitud de la Unión Europea en el conflicto. Ya se han posicionado países apoyando a Dinamarca, como miembro de la OTAN, ante una posible agresión bélica norteamericana. Los argumentos sobre seguridad por parte de Estados Unidos son ridículos, pues cuenta con bases militares en Groenlandia, y cualquier proyecto común de protección desde la zona no encontraría ningún obstáculo, y mucho menos ante la presencia de Rusia o China menos deseable aún a Europa que a Estados Unidos. Por el momento es aconsejable, como se anuncia, la presencia permanente y sustancial de personal militar europeo en Groenlandia, junto con el que ya hay norteamericano, pues pertenecen a la misma organización de defensa. También debe endurecer la Unión Europea el tono económico, entre otras medidas, apretando prudentemente donde más duele a los amigos del gobierno norteamericano, que son las empresas tecnológicas de datos, redes y entretenimiento. Hay una opinión extendida de no entrar en más conflictos, pero la cuestión importa, y lo que hoy es un pequeño continente helado mañana puede ser una isla en Canarias que en la doctrina Monroe se considere esencial para la seguridad norteamericana por su proximidad a África; o Ceuta, por la misma razón.

Una cuarta idea es la situación socioeconómica de Groenlandia, su población, y cómo la Unión Europea puede actuar en los momentos actuales. En el país viven unas 57.000 personas, es una autonomía en la que Dinamarca conserva los asuntos exteriores, seguridad y política financiera, subvencionando con 11.000 euros anuales a cada habitante, que sumado a la producción pesquera y de servicios del país da una renta por habitante de 56.000 euros, relativamente alta. Sin embargo, hay problemas que se manifiestan en una tasa elevada de suicidios, alcoholismo, y desempleo, frecuentes en comunidades que en pocas generaciones sufren un cambio en su forma de vida, relación con la naturaleza y pérdida de sus fundamentos culturales. Su lengua propia es la oficial y la educación superior la ofrece Dinamarca, que no puede decirse que descuide la cultura de los groenlandeses, como se aprecia con una visita virtual al Museo Nacional de Arte de la capital Nuuk, que en su modestia ofrece una experiencia rica en obras de arte y vestigios de la cultura popular, entre ellas la tradición que se conserva de elementos artísticos y decorativos con tripas tratadas de animales. La implicación de la Unión Europea en la revitalización de las raíces que dan vida y sentido al pueblo de Groenlandia, más allá del bienestar en una sociedad de consumo, sería una manera provechosa de obstaculizar los intentos del gobierno actual de Estados Unidos de corromper económica y moralmente al país.

Miro el precioso libro La saga de los groenlandeses que hicieron los hermanos Casariego Córdoba para Siruela, donde se describe la exploración de Groenlandia por Eirik el Rojo, que la llamó tierra verde, a diferencia de Islandia, tierra de hielo, de dónde venía, lo que seguramente fue una estrategia para atraer colonos, “porque decía que la gente se sentiría más tentada de ir allí si tenía un nombre atractivo”. Después, siguen las expediciones a lo que hoy es Estados Unidos, que llamaron Vinlandia, y antes, los vikingos habían llegado hasta Sevilla, y de su paso por la península quedan crónicas de enfrentamientos terribles con moros y cristianos. Estas sagas nórdicas tan emocionantes tienen su continuación en obras de escritores como el islandés, premio Nobel, Halldór Laxness, que hablaba de libertad, materialismo, identidad nacional, y tuvo un éxito inusitado en un público norteamericano que todavía podía entender “las leyes no escritas de los pájaros, que el paisaje se funde con las personas, y la esencia de los vientos con su aliento”.

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