Tribuna Económica
Carmen Pérez
¿Burbuja con la IA?
Tribuna Económica
La pregunta es pertinente y merece atención. Cada vez que surge una tecnología con capacidad real de transformar la economía, aparece una fase de entusiasmo extremo en la que expectativas, inversión y relato avanzan más rápido que los resultados. Ocurrió con el ferrocarril, con la electricidad, con internet. La IA parece seguir el mismo patrón. No porque no funcione, sino porque quizá se le está pidiendo demasiado y demasiado pronto. Y ahí empieza el riesgo.
Algunas señales ya son visibles. Según datos de la National Venture Capital Association, en 2024 más del 60 % del capital riesgo en EEUU se destinó a proyectos relacionados con la IA. Y una parte relevante de esta inversión responde al miedo a quedarse fuera: se invierte por precaución más que por convicción. De otro lado, las empresas IA que cotizan presentan valoraciones bursátiles que descuentan crecimientos muy elevados sin beneficios actuales que los respalden. Así, la ratio PER –Cotización/Beneficio– se ha disparado en ellas. Por ejemplo, la de Microsoft está ahora en 35, frente a una media histórica cercana a 18. A todo esto se suma una carrera por infraestructuras –chips, centros de datos y energía– que recuerda a otros ciclos de sobrecapacidad, con costes elevados y retornos todavía inciertos.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple burbuja sería, sin embargo, engañoso. La IA ya está generando mejoras de productividad en tareas concretas y se está integrando en procesos reales de empresas y administraciones. El FMI ha subrayado que su impacto será amplio, pero gradual y muy desigual entre sectores y países. El problema es la velocidad: los beneficios económicos llegan más despacio que las expectativas financieras. Además, como advierten trabajos recientes de Daron Acemoglu y Simon Johnson, la IA tiende a concentrar rentas en pocos actores con acceso a datos, talento e infraestructura, dejando a muchos inversores y empresas con retornos limitados.
Por eso, el ajuste quizá no llegará necesariamente en forma de colapso, sino de decepción. Resultados empresariales que no cumplen lo prometido, regulación más exigente o límites energéticos —como señala la Agencia Internacional de la Energía al analizar el consumo de los centros de datos— pueden enfriar el entusiasmo. La conclusión es incómoda pero realista: la IA probablemente transformará la economía, pero no justificará todas las inversiones que hoy se hacen en su nombre. La pregunta inicial vuelve entonces con más fuerza: no si la IA es una burbuja, sino cuántas decisiones económicas actuales acabarán siéndolo.
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