Tribuna Económica
Carmen Pérez
Qué pena
El acuerdo entre la UE y el Mercosur, firmado el pasado 17 de enero tras más de 25 años de negociaciones, es una de las iniciativas económicas y geoestratégicas más relevantes de la última década. Sin embargo, el Parlamento Europeo ha decidido paralizar su tramitación y enviarlo al Tribunal de Justicia, frenando su ratificación y entrada en vigor. Una pena, porque esto va mucho más allá de solo un acuerdo comercial, tanto para Europa como para los países de América Latina.
Este tratado de libre comercio cubre un mercado de más de 700 millones de personas y más del 20% del PIB mundial. Prevé la eliminación de más del 90% de los aranceles sobre los bienes intercambiados entre Europa y Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Y el acuerdo no solo establece un marco común de cooperación para el comercio, sino también para la inversión.
La industria europea -automóviles, maquinaria industrial, productos químicos y farmacéuticos y la alimentaria- podría verse muy beneficiada. Aceite, vinos y lácteos, especialmente los quesos, también son sectores que se verán favorecidos. Sin embargo, cultivos, como los de soja, cereales o cítricos y la carne de vacuno, porcino y aves tendrán una competencia mayor por los menores costes de los países suramericanos.
Desde antes de la firma, esos sectores agrícolas y ganaderos y varios países, con Francia a la cabeza, han expresado un rechazo firme, alegando riesgos para los productores locales y dudas sobre la igualdad de condiciones en estándares ambientales y sanitarios, pese a los mecanismos de salvaguarda para sectores sensibles y los compromisos en normas laborales y ambientales que incluye el acuerdo para garantizar un intercambio equilibrado.
Esta oposición se ha plasmado en el Parlamento Europeo, que por una ajustada mayoría decidió el miércoles remitir el acuerdo al Tribunal de Justicia de la UE para revisar su encaje jurídico, paralizando de facto su avance y pudiendo retrasar su aplicación hasta dos años.
La importancia de este acuerdo va mucho más allá del comercio. Para Europa significa mirar a largo plazo, apostar por el futuro y asegurar un socio estratégico estable en un mundo cada vez más incierto. El pacto permite ganar tamaño, peso económico y capacidad de influencia, algo clave para no quedar relegada frente a otras grandes potencias. Por eso resulta especialmente decepcionante que quede en suspenso justo ahora, cuando la fragmentación y el proteccionismo avanzan y Europa necesita alianzas sólidas para proteger su crecimiento, su autonomía económica y su papel en el escenario internacional.
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