El Apuntador
Miguel Ángel Noceda
El bono de la luz se ajusta a la renta
Párese un momento y hágase una pregunta. ¿Cuántas veces ha entrado en un restaurante o en un comercio y no le han ayudado a gastar, no le han facilitado lograr su objetivo, no se lo han puesto fácil o, mucho peor, pareciera que el propietario o sus empleados han hecho lo posible para que usted se marche insatisfecho y sin propósito alguno de volver? En Andalucía hay un restaurante de alta cualificación galáctica del que ya se gasta una broma definitoria. Si usted reserva una mesa para dos, en realidad almuerzan tres, porque el metre habla tanto que asume un protagonismo y consume un tiempo de su mediodía absolutamente rechazables. El efecto es que usted se ve forzado a echar mano de la buena educación para no pegarle un corte como Tarzán Migueli. Abandona el establecimiento con la cara desencajada y jurando en arameo. Los parlanchines, ay, nunca ha generado nada bueno. Pasaron los tiempos de los vendedores de enciclopedias que no se callaban mientras impedían con el que usted cerrara la puerta de su casa.
Decía un maestro de la hostelería que al cliente se le facilita el gasto y no se le cuentan problemas: "Demasiado le ha costado ganar mil duros para ponerle pegas si quiere el solomillo con verduras en lugar de con patatas, se ponen patatas". No hace falta acudir a ninguna Universidad, ni a una Escuela de Negocios de postín para aprender algo tan básico. O sí, dadas las circunstancias. A lo mejor hay a quien le gusta gastar 80 euros por un cubierto y soportar la charlatanería impuesta, como esa gente que disfruta pagando por no ser bien tratada. Se puede esperar de todo en una sociedad en la que se paga caro un café servido en vaso de cartón y por un agujero. Uno entiende pagar menos por un billete de avión cuando se renuncian a ciertas prestaciones, atenciones, esmeros y comodidades. El billete es más barato porque se prescinden de muchos detalles. Bien. Se juega sin cartas escondidas. El bajo precio genera actividad y ofrece oportunidades a todos los públicos sin perder la innegociable seguridad. Pero pagar por comer fuera de casa, elegir un supuesto alto nivel y acabar aguantando el monólogo del metre es sufrir el colesterol de la hostelería. Ocurre en muchos comercios que gastan mucho en decoración y poco en la formación específica del personal. Almorzar, ser atendido, pagar, salir contento y con ganas de volver. ¿Ese sería el éxito, no? Demasiadas veces se pierde el Norte.
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